31/12/14

Cuentos de navidad 11.- El día de los Inocentes, de Rafael Gonzalo Verdugo

“Y el rey Herodes ordenó matar a todos los niños menores de dos años nacidos en Belén, con el fin de deshacerse del recién nacido Jesús de Nazareth, de quien se decía que estaba destinado a destronarle”.

–¡Qué historia más sanguinaria y más cruel! Tenemos que conmemorar este acontecimiento crucial en la pervivencia de nuestra fe. Lo llamaremos el Día de los Santos Inocentes. ¿Qué fechas quedan libres, Leonardo?
–El 28 de diciembre, Santidad. ¿Pero en qué consistirá la celebración a esta matanza?
–Pues… no sé. ¡Ah, sí! ¡Pasaremos el día gastando bromas a la gente!
(La Santa Madre Iglesia, 2.000 años demostrando sensatez y buen juicio)

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30/12/14

Cuentos de navidad 10.- Frente al espejo, de José Luis Ordóñez

Medianoche. Treinta y uno de diciembre. En el espejo, él estaba bien peinado, con un traje elegante y una sonrisa de triunfo dibujada en su rostro. Después me di cuenta. ¡Era yo! Pero no ahora sino dentro de diez años. ¿Sería posible? Desde luego, pero tendría que conservar aquel reflejo, capturarlo para siempre en una foto y así ser capaz de recordar al destino que el éxito era una realidad y no una fantasía. Sin embargo, para coger la cámara tendría que salir del marco del espejo y quizá cuando volviera ya hubiera cambiado. Eso pensaba cuando el espejo se rajó, el reflejo emergió de allí como un rayo y me cogió del cuello, impaciente.

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Madera podrida con un clavo oxidado http://www.mareditor.com/narrativa/MaderaPodrida.html

23/12/14

Cuentos de navidad 09.- Intruso, de David J. Skinner



Sonó el timbre de la puerta. Era la policía.
—Está en el salón —fue lo primero que dijo Richard al individuo alto y sombrío, de larga gabardina, que se encontraba al otro lado—. Tuve que…
—No se preocupe —respondió este, en un tono que quizá pretendía ser tranquilizador—. Connor, Johnson, id a ver.
Mientras los dos agentes uniformados cruzaban la puerta en dirección al lugar que Richard había indicado, el hombre de la gabardina clavó sus ojos en el tembloroso dueño de la vivienda.
—Soy el inspector Ramírez, hemos hablado por teléfono. ¿Qué ha ocurrido después de nuestra conversación?
Ramírez atravesó también el umbral, apartando al otro con su mano derecha. Richard cerró la puerta y comenzó a caminar lentamente hacia el interior, acompañado del inspector.
—Al principio estaba en silencio, pero poco después de colgar el teléfono empezó a soltar una retahíla de sinsentidos. Intenté no hacerle mucho caso hasta… hasta que habló de mis hijos.
—¿Les amenazó?
—Dijo que Judy se había portado muy bien este año —respondió Richard, que ya había alcanzado el salón—, y que tenía algo muy especial para ella. ¡Tiene seis años, inspector! ¿Qué clase de pervertido diría algo así?
El inspector asintió, mientras contemplaba la escena. El cuerpo de un hombre grueso y con barba, vestido con una especie de pijama rojo y blanco, yacía sobre el suelo de madera con varios impactos de bala en pecho y cabeza. Junto a él se encontraba una bolsa de iguales colores.
—¿Fue cuando lo hizo? —preguntó Ramírez.
—No, no. Le dije que se callara, que no iba a permitirle nombrar a mi hija. Y, entonces, empezó a hablar acerca de Tom. Dijo que le llevaba observando todo el año; mencionó su función teatral y también la caída que sufrió con la bicicleta. Luego, llevó su mano a la bolsa.
—Investigaremos su contenido —dijo el inspector, señalando en esa dirección—, pero, contenga o no algo peligroso, está claro que usted solo pretendía proteger a su familia.
—Si no hubiera sido por aquel aviso —dijo Richard, algo menos nervioso—, no quiero ni pensar en lo que ese cerdo les podría haber hecho.
—Es cierto, la llamada que me comentó cuando hablamos por teléfono. Lo que no me dijo es de quién se trataba. ¿Algún vecino?
—Se identificó como Mel. —Ante la cara del inspector, aclaró—: era un hombre, como le dije. Quizá no entendí bien el nombre.
—Ya da igual. Lo importante es que tanto usted como su familia están a salvo. Y, probablemente, muchas más familias.
En el exterior nevaba. Aun así, aquella escena estaba siendo observada a través de la ventana por tres silenciosas figuras. Tres hombres que miraron a Richard y al inspector, para acabar contemplando el cuerpo sin vida en el suelo del salón.
Y los tres se rieron.
 
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Cuentos de navidad 08.- El sorteo, de Iván Teruel



El coche frenó en seco y el sonido afilado de las ruedas entró como un cuchillo en los oídos de Eric. Alcanzó sus tímpanos, los sacudió, se detuvo un momento, y desde allí irrumpió directamente en su conciencia. Antes, tuvo el pálpito. El pálpito oscuro que durante toda la semana lo hizo estar mucho más nervioso que otros años. Por ese motivo salió a pasear. Porque se le hacía insoportable descontar los minutos encerrado en casa. Caminaba para distraerse. Pero el presentimiento siguió ahí. Quizás por eso, aunque se sobresaltó con el chirrido del frenazo, aunque no pudo evitar esa reacción refleja, después no pareció inmutarse. Permaneció impávido al verlos avanzar hacia él: cuatro hombres de expresión hosca, vestidos impecablemente, habían descendido del coche con gran celeridad. Cuando llegaron a su altura, dos manos firmes le sujetaron los brazos y lo condujeron al vehículo. El pálpito se hacía realidad y la realidad empezaba a adquirir un aire de pesadilla: acababa de ser apresado por las BSSN.
Las Brigadas para la Seguridad del Sorteo Nacional eran unas unidades creadas por el Gobierno para intervenir en las últimas horas del plazo establecido para la adjudicación de números de participación. Generalmente las comunicaciones se hacían por correo certificado, pero había casos excepcionales en que los programadores del sistema eran incapaces de obtener una respuesta clara con el suficiente anticipo. Estos participantes de última inclusión eran obligados a presenciar el acto en directo. Entonces intervenían las BSSN, que los reclutaban, custodiaban y conducían hasta el salón donde se celebraba el Sorteo. En el trayecto, les extendían el sobre con su número de participación.
Eric abrió el suyo. Mientras comprobaba qué número le habían adjudicado, sonó la potente sirena que señalaba la finalización del plazo para participar en el Sorteo. Entonces miró hacia fuera: apenas algún abrazo, alguna lágrima, alguna sonrisa incrédula. Ya no aquellos estallidos de euforia que al principio sacaban a la gente a la calle para celebrarlo con expresiones desaforadas de júbilo. Los ciudadanos habían comprendido que aquella sirena no deshacía el miedo. Solo lo postergaba. 
Llegaron al salón. Al entrar, Eric quedó sobrecogido por el silencio. Un silencio espeso que manifestaba un sentimiento de derrota ante lo inevitable. Dos miembros de las BSSN lo acompañaron a su butaca. En el pasillo se cruzó con algunas miradas en las que creyó reconocerse. Tomó asiento. Esperó. Y empezó el Sorteo. Se repartieron ruinas económicas, infidelidades, mutilaciones, secuestros, enfermedades terminales, atentados, incendios, abortos, paraplejias. Hasta que llegó su turno. Y en ese momento, desde los confines de un miedo indefinible que le sacudió la médula, Eric sintió que todo estaba decidido desde siempre.
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Cuentos de navidad 07.- Noche de invierno. Era navidad, de Pedro Pujante

El presidente del gobierno se acostó una
Noche de invierno. Era navidad.
Se presentó el fantasma del pasado y le dijo,
Oye, mira lo que hizo tu antecesor, supéralo
O mejor no te despiertes y no molestes más.
Luego el espíritu del presente le susurró, apresúrate a cambiar
Las cosas, ¿no ves la gente en paro, la crisis, la
Delincuencia, la educación, la inseguridad?
Para acabar el espectro del futuro le mostró
Un presidente retirado y millonario,
Viviendo, se vio, la dolce vita y
dorado por el sol en la hermosa y urbanizada
playa de un país desecho y saqueado.
… Eso sí era un buen sueño.
Cuando despertó nuestro castizo Scrooge,
Presidente del gobierno, siguió su mandato
Y no cambió ni un ápice su actitud ni su pensamiento.
Esto, lo siento, no es un jodido cuento de navidad.
 
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El absurdo fin de la realidad http://www.edicionesirreverentes.com/2099/PedroPujante.html

22/12/14

Cuentos de navidad 06.- Lo que el niño de ocho años había pedido a Papá Noel, de Nelson Verástegui

Los padres de Pedrito se sentían impotentes. No sabían cómo averiguar lo que el niño de ocho años había pedido a Papá Noel. Cuando lo invitaron a escribir la carta, contestó que ya la había enviado por el buzón del correo camino de su escuela. Estaba aburrido de que sus compañeritos se burlaran de él por creer en Papá Noel y había decidido pedirle algo muy diferente en secreto.
En realidad nunca había recibido exactamente lo que pedía. Nunca eran como los juguetes soñados. Una vez le trajo un saco de paño que no había pedido y que días atrás una tía se lo había medido en un almacén disimuladamente. Él lo reconoció pero todos le aseguraron que este sí era de Papá Noel. Pedrito esperaba impaciente. El cuento de que había escrito y enviado la carta era mentira, pero no importaba.
El día esperado había un regalo bajo el árbol de Navidad con una carta; los dos de Papá Noel. Decía que como no había entendido bien la letra, había tratado de adivinar el regalo, que ojalá le gustara, que Papá Noel no era mentira sino una forma de decirle cómo lo querían sus padres y que le serviría para desarrollar la imaginación para la vida adulta.
Pedrito reconoció de inmediato la escritura de su madre y la máscara de monstruo que le había gustado tanto unas semanas atrás pero que su padre no había querido comprarle. Pedrito había pedido mentalmente al Papá Noel que le enviara una prueba tangible de si existía o no. Como vio que su deseo se había cumplido, ahora estaba seguro de que Papá Noel SÍ existía.

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Las seis y una noches http://www.edicionesirreverentes.com/narrativa/Verastegui6noches.html 
El baúl de Napoleón http://www.edicionesirreverentes.com/Cercanias/verastegui.htm 

Cuentos de navidad 05.- Un Papá Noel cualquiera, de Óscar Fernández Camporro

¡Aaaaahhhhhh…!
¡Hum…, huuuuummm…!
¿Qué…, qué suena…, qué es eso?
¡Uf, joder, es el despertador!
Me giro y…, y noto que mi cabeza no está en su sitio.
Alargo el brazo y apago el despertador.
Mi cabeza…
Hago un esfuerzo y me siento.
¡Uuuufff…, mi cabeza…!
Ya…, ya recuerdo… Vagamente, pero recuerdo. Anoche me acosté tarde. Ese garito, esas guarras, esas copas…, esos amigos… ¡Menudos cabrones! A estos no hay manera de tumbarlos. Este grupo es muy peligroso, a estos no hay manera de tumbarlos… Con otros amigos que suelo ir de juerga, no pasa nada, son tranquilos..., pero estos…  Creo…, creo que montamos bronca, que…, ¡oooh, por Dios, cómo me duele la cabeza!
Anoche…, cuando volví a casa…, se me olvidó completamente desconectar el despertador. ¡Claro, coño, cómo iba a acordarme!... Y menos mal, porque hoy tengo mucho qué hacer.
Hoy es un gran día.
¡Es el cumpleaños de mi hija!
Seis.
Seis años ya.
¡La hostia, cómo pasa el tiempo!
Hoy…, hoy no es día de visita, pero he convencido a mi mujer para que me permita recogerla en el colegio. Iremos a comer a una hamburguesería de las que le gustan… ¿O no le gustan?... No sé…, espero que sí, a todos los niños les gustan las hamburguesas, ¿no?
Mi…
Uuff…, mi cabeza.
Necesito despejarme.
Vamos, chaval, levanta el culo.
Lo levanto. Y me visto con ropa de deporte. Una carrerita me ayudará a eliminar el alcohol. Pero una corta, ¿eh?..., de quince minutitos, no más, no de cuarenta, como las mañanas. Hoy solo diez, con eso bastará para despejarme.
Salgo a la calle.
¡Coño, qué frío!
A correr.
Todo nevado. Claro, estamos en navidad y hace un frío del carajo. Luego me pondré el traje de Papá Noel. A mi hija le hará ilusión verme disfrazado…, seguro…, ¿o no?... Bueno, espero que sí, Papá Noel gusta a todos los niños, ¿no?
Sigo corriendo.
Echo de menos a mi hija. Y a mi esposa también… Mejor dicho, a mi exesposa. Hace ya un año que me dejó. Y no lo entiendo, de verdad que no lo entiendo. Me recriminaba cosas, me hablaba de no sé qué…, que si de cariño, que si de respeto, que si de compromiso, que si de mi oficio…
¡Joder, pero qué coño quería de mí!
Yo las cuidaba, cuidaba que no les faltara de nada, siempre les daba dinero cuando me lo pedían, nunca negué unos billetes a mi esposa…, a mi exesposa. Y…, y a cambio…, ella solo tenía que aguantar unos cachetes mientras follábamos… ¡Unos cachetes de nada, por amor de Dios!... Se trataba de un jueguecito amoroso…, pero ella…, allí…, tumbada…, ¡joder, como si fuera de plástico!... La muy…, la muy zorra.
¡Que no, coño, que no lo entiendo!
Y para colmo, la muy zorra se larga de casa con la niña para arrejuntarse con el tipo ese…. ¡Pero, joder, si es policía!... Y, además, es el mismo poli que me enchironó hace cuatro años. Me pasé dos a la sombra sin ver a mi hija… ¡Menudo cabronazo!... Me quitó la libertad para robarme a mi familia. Y mi ex se cree que ese poli las va a tratar mejor que yo… ¡Y una mierda!
Sigo corriendo.
Me duele la cabeza, sí, pero creo que es por el frío.
Ya se me está pasando un poco.
Pero ya no puedo más.
Vuelvo a casa.
Trotando.
Llego.
Entro.
Me ducho.
Me visto.
Desayuno.
Cojo todas mis cosas y salgo a la calle.
Entro al coche.
Conduzco.
Mi hija…, seis años ya.
Sé que me quiere. Y yo la quiero a ella. La verdad es que no habla mucho, a mí no. Pero a veces me cuenta cosas del poli ese como si él fuera su padre… ¡Y una polla, su padre soy yo, no te jode!
No importa…, no importa…
La sorprenderé con mi disfraz de Papé Noel e iremos a comer. Luego la llevará a una juguetería para que elija lo que quiera… Todo lo que quiera… ¡Coño, soy su padre, nunca la faltará de nada!
Sigo conduciendo.
Aparco a dos calles de la cafetería.
Me cambio de ropa dentro del coche: el relleno para la barriga, el abrigo rojo, las botas negras, el cinturón, la barba blanca y el gorro rojo… Y las manoplas, también rojas.
Me miro en el espejo retrovisor.
¡Jo…, jo…, jo!
¡La hostia, pero si ese es Papá Noel!
Clavadito.
Irreconocible.
¡Jo…, jo…, jo!
Salgo del coche.
Camino.
Llego a la puerta de la cafetería.
Echo un vistazo a través de la cristalera.
Entro. Bien. Hay poca gente.

Ahí está. Solo.
Como todos los días a esta hora.
Me acerco a él.Meto la mano por debajo de mi chaqueta.
Me mira.
Saco mi pistola.
Se levanta.
–¡Jo, jo, jo!
Le pego cuatro tiros en el pecho.
Gritos.
Me doy la vuelta y salgo del local.
Me alejo.
Los gritos se apagan.
Sigo caminando.
Me aseguro de que nadie me sigue. Pero justo enfrente, hay otro Papá Noel… ¡Anda la hostia, qué suerte!... Aunque mi disfraz es bastante mejor. Quizá ese tipo tenga una hija… Me gustaría que la tuviera y que pudiera disfrutar de ella todos los días… Bueno, todos no…, solo los días que él quisiera. Nos cruzamos.
–¡Jo, jo, jo!
–¡Jo, jo, jo!
¡Je, je, qué cachondo!
Miro el reloj… ¡Coño, qué tarde! Ya me estará esperando en la puerta del colegio
Llego al coche.
Me monto.
Arranco.
Conduzco.
Miro el reloj.
Llegaré en media hora. Seguro que me regaña por mi impuntualidad…, otra vez.
No importa. Lo único que me importa es que voy a pasar unas horas en compañía de mi única hija.
¡Joder…, Dios…, Papá Noel…, y todos los Santos…!
¡Cuánto quiero a mi hijita!
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Regresa a Riverthree http://www.mareditor.com/narrativa/Regresa_Riverthree.html 

Platero de los belenes, de Julio Fernández Peláez

Platero es pequeño, peludo, suave.
Platero es tan tierno que hace las delicias de los visitantes a belenes públicos, esos que en todas las ciudades se colocan para que los niños y sus padres se aflijan con la llegada de unas fechas del todo entrañables y piensen que no todo es anuncio, lotería y bombillita inútil.
Platero es tan sensible que permanece reflexivo frente al mal aliento de quienes no paran de decir tonterías después de tomarse un par de vinos en la taberna de un amigo.
Platero es tan dócil que se deja montar por los salvajes que para hacerse una autofoto se suben sobre el lomo de los burritos de los belenes hasta reventarnos antes de darle al clik y decir: “Patata, burrito, di patata”.
Platero es tan bueno que cuando alcanza el cielo después de agonizar durante 3 días seguidos con los huesos que no tiene aplastados por más de cien kilos de grasa estúpida, no dice nada, y no se caga en la Navidad ni en la pavisosa figurita del tonto del niño Jesús, ni en la madre que lo parió y el calzonazos de su padre, ni en los reyes católicos que no traen más que mierda al establo, ni en la estrellita de papel de aluminio, ni en las ovejitas, patitos, camellos y demás fauna condescendiente que con tal de tener un papel secundario en la función, y poder renovar el contrato año tras año, permanecen inalterables e inconmovibles ante tanta injusticia en el mundo, como si las únicas cosas vivas y con sentimientos de todos los belenes fueran precisamente los ignorantes burritos plateros como yo.
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Manifiesto capitalista para destrozar corazones http://www.edicionesirreverentes.com/teatro/ManifiestoCapitalista.html 
Filamentos de tiempo http://www.edicionesirreverentes.com/teatro/Filamentos.html

19/12/14

Cuentos de navidad 03.- Estrella de navidad, de Adrián Tejeda

Todo sucedió un poco antes del solsticio de invierno.
            Apareció de repente, de la nada más bien: Una luz radiante en el cielo que lo iluminaba todo, un  brillo expansivo en el firmamento. Su paso, fugaz como la vida misma,  a penas duró unos segundos,  los suficientes como para quedarse prendando, tanto como para no importarle esperar otros cincuenta años con tal de poder encontrarse de nuevo.
            El tiempo pone a todo en su sitio, eso dicen, aunque en su caso, la espera sirvió para ayudarle a controlar  su propia esencia, la materia que formaba parte de su ser, y el amor imposible que día a día iba naciendo en su interior, la energía necesaria para que obrase el milagro: diluirse en partículas infinitas, volar como motas de polvo en el aire al paso de las caricias de una ráfaga de viento, y finalmente, poder unirse con ella, la estrella del norte que había cambiado su vida para siempre.
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18/12/14

Cuentos de Navidad 02.- Un cuento de navidad, de Félix Díaz

Rudolph, el reno jefe, fue corriendo a llamar al Jefe
—¡Santa! Aquí hay tres señores que quieren hablar con usted.
—¡Quien cojones me viene a molestar ahora! ¡Esta misma noche tengo que empezar el reparto, ¡carajo!
En la puerta del Claus’ Palace se plantaron tres monarcas, cada uno con su escolta de seguridad. Los tres grupos de soldados se apostaron, prestos a proteger a cada uno de los Reyes Magos.
Ante semejante despliegue de armamento, Santa se alarmó.
—¿Qué cojones pasa aquí? ¿Un golpe de estado?
Uno de los reyes se adelantó, protegido por cuatro hombres vestidos de caqui y con chaleco antibalas, armados con enormes fusiles ametralladores.
—Tranquilo, Santa, soy Melchor. Es que de donde venimos hay que tomar todas las medidas de seguridad posibles, los mujaidines están dándonos por culo. Disculpa a nuestras escoltas, pero por el camino nos han molestado bastante.
—Vale, ahora lo entiendo, pero aquí no hay peligro. Me ponen nervioso todos esos soldados.
Melchor hizo un gesto, sus dos compañeros asintieron y la escolta militar se apartó. Santa Claus respiró aliviado.
—Bien, ¿qué se les ofrece? Esta noche es Nochebuena y tengo trabajo, como imagino que sabrán ustedes, majestades.
—Claro que sí, y de eso queríamos hablar. Nos estás quitando el trabajo, pues lo niños prefieren pedir los regalos al principio de las vacaciones y no al final como es nuestro caso.
—Yo no tengo la culpa, majestades. No puedo hacer nada.
—Lo harás —concluyó Melchor e hizo un nuevo gesto.
Los soldados tomaron sus armas y entraron en tromba en el palacio de Santa Claus.
—Estás secuestrado —anunció Melchor—. Revisaremos todas las cartas que has recibido y verificaremos que a todo el mundo le queden pendientes la mayor parte de los regalos para el 6 de enero. Tú sólo repartirás las chucherías que mantengan entretenidos a los críos hasta que lleguen nuestros regalos.
Baltasar y Gaspar se acercaron.
—¡Y como protestes no te dejaremos ni siquiera repartir las chucherías! —exclamó el rey negro.
—Mejor protesta, así me podré comer a tus renos —añadió Gaspar, mirando con gula a los animales.
Rudolph defecó en la nieve. Estaba asustado.
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Entrevista a Andrés Fornells: "Riqueza, amor y muerte podrían haberla escrito Wilkie Collins, Chester Himes y Charles Bukowski "

P.-Riqueza amor y muerte tiene muchos elementos de novela negra tradicional, pero también erotismo. ¿Cómo presentaría su obra al lector que le descubra ahora?
R.- Creo, por haber leído mucha novela negra, especialmente norteamericana, que el lector de este tipo de literatura asocia la acción, la violencia y el misterio, al erotismo y a la sensualidad, sobre todo por parte de las protagonistas femeninas. En esta última novela mía la heroína es una profesora de artes marciales, cualidad que le sirve para afrontar situaciones extremadamente peligrosas que una mujer, podríamos decir normal, no las afrontaría por falta de entrenamiento y asimismo de un coraje especial necesario para luchar y jugarse la vida.

P.- Sus personajes, a lo largo de su obra, parecen no tener moral. ¿O sí la tienen?
R.-Los personajes de esta obra mía pertenecen a la sociedad que nos rodea, los hay que poseen valores que todos estimamos, como pueden ser: el respeto y fidelidad a la familia, el asumir el como propio honor del grupo al que se pertenece; ayudar y amar a las personas que merecen sus más nobles sentimientos y, llegando a casos extremos jugarse la vida en defensa del ser amado. Pero también hay en mi novela personajes sin ningún tipo de escrúpulos ni de moral, que el único, exclusivo interés que los mueve es lograr el poder y la riqueza a cualquier precio, y que consiguen ambas cosas, robando, torturando y asesinando despiadadamente.

P.-¿Por qué tienen un papel predominante en todos sus libros la mujer? De un modo u otro, siempre son protagonistas.
R.- Entrando en el terreno personal, creo que el hecho de darles en mis obras siempre gran protagonismo a las mujeres se debe a que, al morir mi padre siendo yo muy pequeño, me crié todo el tiempo entre mujeres, circunstancia que, seguramente, me permitió conocerlas todo lo bien que ellas te permiten llegues a hacerlo, y pude gracias a esta cercanía apreciar y admirar las extraordinarias cualidades humanas que las mujeres poseen y que demuestran en tantos trabajos en los que la ternura, la delicadeza, la dedicación y el sacrificio son requeridos e imprescindibles.

P.-Qué autores de novela negra podrían servir como referente para acercarse a su obra porque está en una línea creativa similar.
R.- Escritores que puedan servir de referente a mi modo de escribir puedo citar, como más cercano, a Javier Chiambrando. Luego puedo decir que he admirado y deben de algún modo influido en mi manera de escribir, por diferentes razones, a Wilkie Collins, Charles Willeford, Chester Himes, Boris Vian y, como no, a los míticos Raimond Chandler y Dashiell Hammett. Desde luego reconozco lo dificilísimo que es juzgarse uno mismo, pero yo diría que esta novela mía podrían haberla escrito (fantaseando por mi parte un imposible), colaborando los tres en este empeño y empleando ellos un infinito mayor talento del que yo poseo: Wilkie Collins, Chester Himes y Charles Bukowski.

P.-¿Cómo surge la idea de Amor, riqueza y muerte?
R.- La idea surgió como consecuencia de un desafío. Un buen amigo mío me reto a escribir una novela negra que tuviera lugar fuera de nuestro país, y por razones sentimentales suyas escogió Moscú, Viena y Paris. El personaje masculino principal de esta novela me surgió de un viaje que yo había hecho el año anterior a China y haber visitado el famoso Templo Shaolin, en mejor lugar del mundo para la enseñanza de las artes marciales. Y el personaje femenino lo encontré hojeando un álbum de fotos en una mujer, parisina, extraordinaria para mí, por muchas razones que enriquecen mi memoria.