12/8/26

Luis Leante: “El canto del zaigú es una historia entre el género negro, el costumbrismo, la sátira y el esperpento”.

 


P.- Por tercer año consecutivo publicas una novela con M.A.R Editor. En este caso se trata de una novela que se publicó por primera vez hace 26 años. ¿Por qué esta mirada a las obras anteriores?

R.- La velocidad a la que se suceden las novedades editoriales me produce vértigo y bastante frustración. Y lo digo desde el punto de vista del escritor. Me gusta, a veces, echar la vista atrás y volver sobre obras que publiqué hace años y que en su momento fueron importantes para mí, pero que quedaron enterradas en la memoria bajo el peso de mis novelas posteriores. Es como mirar el álbum fotográfico familiar y reconocer momentos y lugares en los que uno fue feliz. En ese caso, al mirar atrás, he tenido la sensación de que esta novela tenía algo de anticipativo sobre los cambios sociales y de costumbres que nos venían con la entrada del nuevo siglo.

P.- La ubicación temporal: no hay referencias del tiempo que se desarrolla. En algunos momentos tenemos la sensación de estar leyendo una novela situada en los años 60 o 70 del siglo pasado, y en otros podría estar en los albores del siglo XXI.

R.- Exacto. No se puede decir que sea una novela atemporal, pero sí es cierto que no se ofrecen datos concretos. Sin embargo hay detalles que pueden ubicarnos en una época más cercana al siglo XXI que al XX. En realidad, aunque no se dice, la acción se desarrolla a mitad de los años 90. Y la dificultad para ubicarla sin referencias es que en ese final de siglo se vivió en algunas zonas rurales un extraño proceso evolutivo: por una parte seguían vigentes las viejas y a veces rancias costumbres y tradiciones heredadas a lo largo de décadas, o incluso siglos, y por otra parte había una generación que luchaba por entrar en la modernidad. Esa convivencia fue lo que me llamó la atención, y sin saberlo en ese momento resultó una historia en donde se anticipaban fenómenos que aún no se habían desarrollado.

P.- La primera edición (2000) fue presentada como novela negra, pero cuesta encasillarla en el género. Parece una mezcla de novela negra, novela social, sátira. ¿Cómo la definirías?

R.- Aunque no me gustan mucho las etiquetas, quizá en este caso podría servir para entender cosas que se intuyen en la novela, pero que pueden llegar a desconcertar a un lector crítico. Efectivamente, la novela ganó en 1999 el Premio de Novela Negra Rodrigo Rubio y fue publicada con esa etiqueta. Yo soy lector de novela negra, pero nunca había entrado en el género, excepto algún relato corto. Lo que hice fue utilizar los elementos de la novela negra clásica, desmenuzarlos y llevarlos a un pequeño pueblo de León, en un entorno rural y muy reducido en el que nunca ocurre nada, para hacer un retrato social que supera el propino género negro. Era como utilizar la técnica de la pintura impresionista para pintar un bodegón. En este caso los escenarios cosmopolitas del género clásico se hicieron rurales, el antihéroe que a veces es el narrador se convierte aquí en una historia coral contada desde distintos personajes. La femme fatale es aquí una maestra joven, que pone patas arriba la convivencia de los hombres del pueblo, anclados en la mayoría en una rancia tradición de supremacía que es aceptada por algunos. Aparecen las ruinas y miserias humanas en contraste con la lucha de superación. El resignación frente a la esperanza de los jóvenes de salir de ese entorno. Hay muertes misteriosas, una investigación, un policía alcohólico y, sin embargo, también tiene partes del género satírico y, sobre todo, influencia del Valle Inclán en ese esperpento tan nuestro. O al menos así lo planteo yo.

El canto del zaigú es una historia entre el género negro, el costumbrismo, la sátira y el esperpento.

P.- Sí, a veces parece una parodia del género negro. Y, abundando en esta cuestión, ¿se podría decir que esta novela es al género negro lo que El Quijote es a las novelas de caballería?

R.- Salvando las enormes distancias y subrayando que yo no soy Cervantes ni podría serlo en varias vidas que siguiera escribiendo, es justamente así. Cervantes reproduce los esquemas de las novelas de caballería, pero no escribe una novela de caballería, aunque muchos la consideraron así en su tiempo. Yo utilizo la estructura de la novela negra, pero escribo otra cosa que no sé definir. Y, sin embargo, tiene alguno de los vicios y virtudes de ese género negro donde el machismo, los comportamientos miserables de los personajes no pueden interpretarse como una apología de las miserias, sino un retrato que intenta convertirse en espejo social. A veces tenemos un gran concepto de nosotros mismos hasta que otros nos retratan o nos colocamos delante del espejo, en este caso literario. Esta novela hace en parte esa función de espejo social, pero deformado con los espejos del Callejón del Gato, que tanto juego le dieron a Valle Inclán.

P.- La novela está ambientada en un pueblo de León real, Valderas. Y se nombran pueblos de la zona que no son invención tuya. Sin embargo, tú has dicho en alguna parte que Valderas no es más que un escenario que te sirve para inventar un lugar.

R.- Sí, de nuevo utilizo la realidad para crear una ficción. Valderas es un pueblo que ha sufrido una despoblación brutal en las últimas décadas, pero en este caso no deja de ser un escenario para contar una historia. El pueblo de la novela, aunque se llama igual, es más pequeño. Es verdad que los edificios, las calles, los parajes son reales, pero no son más que decorados para una trama ficticia. Los nombres de los personajes se corresponden con habitantes de Valderas (Tiburcio, los Benitos, Socorrico, etcétera), pero no son solo nombres. Son como los extras de una película, que actúan con su propio nombre, pero representan personajes. Hay personajes como Jesucrito o Paulino Pimentel que están sacados de otros relatos anteriores, pero también tienen nombres de personas a las que he conocido. Y no me refiero a Jesucristo, hijo de Dios, sino a un profesor de instituto que se llamaba así. Y su esposa se llamaba Magdalena. La realidad a veces te pone en bandeja las historias.

P.- ¿Qué ha cambiado en los último veinticinco años en ese mundo rural que describes?

R.-: Muchas cosas, tanto para bien como para mal. Para empezar, la Castilla que yo reflejo está más despoblada y olvidada que hace unos años. Los jóvenes se diferencian mucho menos de la juventud urbana. La globalización, la tecnología los ha igualado con los jóvenes de casi cualquier parte del país, o del mundo. El progreso tecnológico ha supuesto una revolución para el mundo rural y un avance en muchos sentidos. Pero la brecha de desigualdad de oportunidades ha crecido. Algunos avances no han servido para sacar a los pobladores del olvido, pero sí les ha facilitado la vida. Por una parte se avanza en muchos sentidos, pero al mismo tiempo la sensación de frustración en una parte de la población es grande.

P.- En la novela hay una búsqueda por parte de algunas personas de atraer gente al pueblo para revitalizar la economía con el turismo. ¿Esto es también una anticipación de lo que iba a venir con el cambio de siglo? Me refiero a la masificación turística.

R.- Es posible. Pero no hacía falta ser adivino para suponer lo que iba a pasar. España es un país turístico sin ninguna duda, pero ese turismo rural que ahora está creciendo era casi inexistente hacer 25 o 30 años. Al menos en algunas zonas. Yo recuerdo hace algunos años un pueblo al que llegó un japonés y los niños salían a la calle para verlo de cerca y tocarlo. Hubo un esfuerzo por “poner en valor” lo que cada comunidad, cada pueblo, cada rincón tenía de particular y mostrarlo al exterior. Y en algunos casos se inventaron esos “valores” y trataron de hacerse “únicos”. Igual que pasó con ciudades de costa, que fueron a buscar a los turistas al extranjero, también en algunos pueblos se buscó la forma de traerlos y hubo una competición para ver quién traía más. Por ahí va un poco la sátira que supone esta novela.

P.- ¿Se puede decir que tu llegada a Valderas supuso una especie de revelación que te llevó a escribir la novela?

R.- No, más bien supuso encontrar el camino de una historia que quería contar desde hacía tiempo pero no tenía, digamos, “los materiales” necesarios para construirla. Yo vengo de una zona rural y conozco ese mundo desde que era un niño. Pero la cercanía, tal vez, me impedía contar lo que tenía a mi alrededor. Diez años antes de llegar a Valderas, un amigo me contó bajo el acueducto de Segovia una historia que ocurrió en su pueblo, en la Sierra del Segura: el maestro murió durante una nevada, los servicios funerarios no pudieron llegar porque se quedó aislado el pueblo y tardaron más de una semana en abrir la carretera. Como no podían enterrarlo sin más, subieron el cadáver del maestro al piso superior del ayuntamiento y allí estuvo siete días, con las ventanas abiertas, en una habitación que funcionó como cámara refrigeradora. Aquella historia me pareció terrible e interesante a la vez. Yo quería escribir sobre aquello, pero no encontraba el hilo para continuar la historia. Pocos años después, un editor me contó que conoció en Toledo a unos vigilantes de la Casa del Greco que ofrecían a algunos turistas electos y escogidos, a cambio de una módica cantidad de dinero, la posibilidad de entrar en la alcoba del Greco y ver la cama en que murió. La realidad era que la cama era un cabezal antiguo y varias caja de fruta sobre las que habían puesto un tablero y una colcha antigua de la suegra de uno de ellos. Esa imagen, de repente, prendió como un chispazo con la imagen del maestro en el piso superior del ayuntamiento. Y en cuanto llegué a Valderas comprendí que ya lo tenía todo para contar la historia.

Todo sobre el libro en https://www.mareditor.com/narrativa/El_canto_del_zaigu.html 

Entrevista a Bernar Freiría por “Mientras dure el resplandor”



 P.-¿Desde qué momento histórico abarca tu novela y hasta cuando llegan las vivencias de los personajes?

R.-Arranca en los años finales de la década de los sesenta del siglo pasado —tardofranquismo— y llega hasta los primeros noventa. Un periodo fascinante, porque durante esos veintitantos años España experimenta unas transformaciones sin parangón en nuestra historia. Situar una novela en ese periodo ha sido un reto apasionante. Seguir la evolución de los personajes cuando el país se encuentra en ebullición y que protagonistas y sociedad queden reflejados en una trama novelesca verosímil es mi apuesta como narrador.

P.-Mientras dure el resplandor lleva a pensar en las grandes novelas del boom hispanoamericano por mezcla de historia, política y realidad social y el intento de ser una novela total, que representa la realidad de manera completa y compleja.

R.- Así es. Hay un intento de que mi novela sea una novela total en la que las peripecias vitales de los distintos personajes se inserten en una realidad social que se transforma y que los transforma. España sale de un corsé rígido impuesto por el franquismo, y la creatividad, la búsqueda y sobre todo la esperanza es lo que mueve a los protagonistas de la novela en la persecución de horizontes más dilatados. El sueño de la plenitud vital parece por fin posible y algunos se lanzan a perseguirlo. Novela total o novela simplemente. Sin ningún calificativo de género.

P.-Revolución de los Claveles, nueva libertad sexual, oposición al franquismo, el sueño de un mundo mejor y la realidad cruel y despiadada del mundo creado por aquellos que soñaron otras vidas. ¿Una novela que empieza optimista y poco a poco va mostrando en lo que hemos quedado?

R.- Se trata de una novela realista y la realidad acaba imponiéndose. Y si el corsé del franquismo impedía crecer, la realidad va mostrando que el crecimiento no puede ser ilimitado. Existen los límites y el límite inexorable es la muerte, que siempre nos ronda hasta que nos alcanza. En la juventud uno cree que todo es posible. La madurez suele ser más cruel. Vale para las personas y para los países. La nueva España nació con el cambio de régimen y nuestra madurez es tan espléndida como soñamos y tan cutre como estamos viendo.

P.-Germán lo vivió todo con intensidad: el amor, la amistad, la política, los negocios, la culpa y el dolor de la pérdida. ¿Crees que nos podemos sentir muy identificados todos aquellos que nacimos en la generación del boom de natalidad?

R.- La natalidad experimentó un boom en un momento especialmente intenso de la vida del país. Nuestros padres se lanzaron a procrear cuando creían que podían darnos un porvenir luminoso. Y los hijos del boom nos lanzamos a vivir con toda intensidad. Eso es justamente lo que pretende reflejar el protagonista de mi novela. Vive con pasión y experimenta constantemente. En este momento no hay introspección. Creo que los jóvenes más inquietos de los setenta y los ochenta más que conocerse a sí mismos, buscan fuera de sí aquello que creen que los va a colmar. Con el reflujo de la marea, algunos vuelven la vista hacia el interior y eso es lo que hace Germán, el protagonista de Mientras dure el resplandor, repasando con su amigo escritor su trayectoria vital. De alguna manera Germán encarna un hijo del boom con el que nos podemos sentir identificados. Pero creo que Germán es también una metáfora de la juventud, de cualquier juventud y de cómo esta va desembocando en la madurez y el desencanto.

P.-¿Cómo nos presenta la nueva sexualidad que nace a comienzos de los 70 y es heredera del mayo francés y de los movimientos yanquis?

R.- La sexualidad en los setenta también se concibe como un campo experimental. Aquí también se rompen los corsés. La llegada y generalización de los anticonceptivos, que data de aquella época, trajo consigo la liberación de las costumbres. El Power Flower que viene de América, el mayo francés y los nuevos teóricos de la liberación sexual encuentran eco en algunos jóvenes españoles que se lanzan a probar un sexo que no sea hipócrita, ni mojigato, ni culpable. Se abre la espita del placer y, a veces, planteamiento teórico y sentimientos no discurren por los mismos caminos y eso produce dolor en algunas manifestaciones de ese sexo experimental. Nada es simple. Tampoco el sexo.

P.-¿Muchos padres que lo han dado todo por sus hijos se verán reflejados en el distanciamiento de la hija?
R.- Esa sensación de darlo todo muchas veces no concuerda con la apreciación que tienen los hijos. En la novela precisamente se confronta la visión de la hija y el choque que sufre el padre cuando ella le hace duros reproches. La novela no toma partido ni por el uno ni por la otra. Simplemente muestra lo trágico del conflicto. Cualquiera, como padre o como hijo, puede sentirse identificado y al mismo tiempo la novela le brinda la visión del otro.

P.-Hablas del Patronato de Protección a la Mujer, una institución que ha marcado a muchas mujeres jóvenes que vivieron su infancia o adolescencia en aquella época. ¿Cómo era?

R.- El Patronato de Protección a la Mujer fue una institución creada por el franquismo que respondía al carácter autoritario de la dictadura y a la consideración que tenía de la mujer como un entidad vicaria a la que había que proteger de sí misma. Piadosas monjitas, imbuidas del espíritu de la época, disciplinaban con severidad hasta llegar al maltrato sádico a las jóvenes bajo su tutela. Para ingresar en alguna de las instituciones colaboradoras del Patronato y regentadas por monjas bastaba el embarazo de una soltera de una familia humilde, cualquier tropiezo con intervención de la policía o, simplemente, que unos padres consideraran que su hija rebelde tenía que ser reconducida al buen camino. No hay que olvidar que el Patronato sobrevivió a la dictadura y solo fue clausurado en 1985, diez años después de muerto el dictador. Ahora se empieza a sacar a la luz la existencia del Patronato y las terribles historias de alguna de sus tuteladas. En la novela aparece el Patronato en acción y algunos de los peculiares personajes que nutrían sus juntas provinciales.

P.-Da la impresión que pretendes representar la complejidad española, su historia reciente, la violencia, la desigualdad, la memoria y la cultura. Y mostrar cómo hemos llegado hasta aquí.

R.- Siempre digo que yo hubiera querido escribir la Pastoral americana de Philip Roth. Y en esta novela hago el intento de escribir la Pastoral española. La obra de Roth describe el fin del sueño americano que se produce en los años sesenta. En Mientras dure el resplandor se fabula el sueño que produjo en buena parte de la sociedad española la muerte de Franco y el fin de ese sueño en los años noventa. Todo ello a través de la figura de Germán Vieitez y su odisea particular en la que hay lucha, miseria, plenitud, sueños alcanzados, pesadillas y despertares.

P.-En la novela hay dos ciudades reconocibles: Madrid y Barcelona. Pero todo acontece en lugares con nombres inventados: Neboenta, Celade, Valdocastelo… ¿Por qué esa necesidad de crear lugares de ficción?

R.- Si la novela es ficción ¿por qué no ha de serlo el territorio en el que se desarrolla? Macondo, Región, Comala, Celama… son nombres de territorios ficticios fértiles para la imaginación. Espero y deseo que los de Mientras dure el resplandor también lo sean y que el lector se aventure a explorarlos.

Toda la información en https://www.mareditor.com/narrativa/Mientras_dure_el_resplandor.html  

Entrevista a Eduardo Caballero por “Peregrino”

 


P.- ¿Peregrino es una novela que puede leerse además como un libro de cuentos?

R.- Sí, desde luego. El proyecto comenzó a gestarse a partir de dos relatos narrados por niños, de hecho. La voz de los narradores y sus relatos sugerían una profundidad mayor y pronto se englobaron en una idea más amplia bajo el título provisional Estudios en Em (Mi menor). Esta tonalidad, quizá la más sencilla en guitarra, expresa calidez, melancolía, emociones intensas… las melodías en esta tonalidad mueven a la reflexión y a la intimidad, a la nostalgia y a sensaciones entrañables, y aquellos relatos en primera persona, protagonizados por una niña y un niño respectivamente, hablaban de una vida interior profunda y de dos visiones: la femenina y la masculina, que forman parte de cada uno de nosotros, tanto interiormente como en nuestras relaciones con el sexo opuesto. Supongo que en ese momento encontré el tono de escritura y la perspectiva visual y creativa de Peregrino, que incorpora esas y otras sensaciones en los distintos ámbitos de la vida y en las diferentes épocas que atravesamos con el tiempo en tanto maduramos y envejecemos. Esto son los relatos, que van llevando el uno al otro y construyen la novela: la visión de la vida que no se presenta aséptica ni limpia de impurezas sino que, afectada ella misma por las vivencias familiares y sociales, por los demás y el mundo de fuera, va moldeándonos con experiencias desde muy temprana edad y esculpiendo nuestro complejo mundo interior. Nuestra narrativa interna es una novela construida con relatos, igual podemos considerar exclusivamente un relato como podemos considerar la novela completa. Peregrino es esta novela, que puede leerse como un libro de relatos y que enriquece en su conjunto.

 

P.- 5 grandes líneas marcan las aventuras de nuestros protagonistas: la familia como nido en el que aprender la percepción del mundo, pero también entorno en el que desarrollar la imaginación y la evasión.

R.- Sí, sin duda es el punto de inicio, ella supone nuestras primeras referencias vitales y del mundo (o lo que entonces consideramos como mundo) y es la primera en tallarnos y moldearnos con hábitos, costumbres y miradas. La familia puede suponer hogar, pero también dolor y sufrimiento. Esta ambivalencia es la primera referencia que podemos obtener sobre la vida y la primera paradoja, y tal vez sea la que nos deje una impronta más profunda por la confusión que produce a una edad temprana en la que no se encuentra formada la conciencia enteramente y se carece de recursos emocionales. Miramos al mundo después de ser tallados por la familia e inicialmente lo hacemos desde la mirada de la familia. Ahora bien, la imaginación y la creatividad son claves en nuestra formación, en primer lugar como medio de evasión. Ante la confusión, la incomprensión, la falta de atención, el dolor o el sufrimiento, un niño, incluso un adolescente, se refugia en la evasión, busca o construye esa cabaña en lo alto de un frondoso árbol en medio del espeso bosque. Es inevitable la búsqueda de otros mundos mejores y más propios ante la necesidad de huir y de ser diferente, y ahí es donde comienza a forjarse la imaginación; en la lectura, la composición, la pintura, la escritura, el amor…

 

P.-¿Cómo surge la introspección en tus personajes? ¿Se alcanza a comprender el sentido de la vida?
R.- La incomodidad, el rechazo, el disgusto, el dolor, producen inquietud, una inquietud que nos mueve a anhelar algo que consideremos mejor por considerarlo propio. La introspección surge de esta inquietud de cuyo origen no somos necesariamente conscientes al inicio, sin embargo la inquietud sí está en nuestro consciente y se vuelve casi material. Podemos desfogarla en la inestabilidad y con cierta agresividad tanto externa como interna, pero también podemos ser amables con ella. En todo caso, mueve a la introspección, a indagar sobre nosotros y nuestras circunstancias, a remover nuestro interior para tratar de saber dónde se encuentra la avería, si somos así de manera natural o alguien nos ha desarreglado o metido algo dentro, si tenemos arreglo o qué podríamos hacer con nosotros mismos. Quizá no encontremos las respuestas concretas que deseamos, pero también es posible que encontremos el medio por el que encontrar cierta estabilidad y cierta armonía. La introspección es, sin duda, el medio por el cual tenemos una oportunidad de comprendernos y de comprender el mundo. Tampoco se trata de dar sentido y menos a la vida, que carece de él fuera de la supervivencia. La vida es desordenada, imprevisible y contradictoria, es mejor comprenderla que encontrarle un sentido. La comprensión es la que mayor paz interior y armonía nos aporta, la que mejor perspectiva nos da de las cosas y de la vida, y en la que encontramos nuestros mejores recursos para vivirla y para sobrevivirla.

 

 

 

P.-¿Cómo van viviendo tus protagonistas el paso del tiempo, la soledad, el destino?

R.- Existen diversas voces, como las hay en nuestro interior, en función de la situación y del momento. No reaccionamos de la misma manera según el momento o la circunstancia. La soledad, el paso del tiempo y el destino suelen producir desazón y desasosiego. Los personajes protagonistas responden con la introspección, con una cierta dosis analítica en la que las emociones les recuerdan su humanidad en el sentido de normalizar la afectación por el paso del tiempo y la soledad, otra cosa es lo que hacen con ello después de averiguar la causa de esa soledad, si están a gusto o no en ella y si desean hacer algo para cambiarla. El paso del tiempo es inevitable y solo puede obrarse sobre la manera en que vives cada época y cada momento, tu actitud ante cada edad es tu actitud ante la vida y viceversa. Los protagonistas lo encaran, son conscientes de su tiempo y de su soledad, y aceptan o temen su destino casi a partes iguales.

 

P.- ¿Puede resultar traumática la percepción de la existencia y el “destino”?

R.- Sí, claramente. A cada cual en su medida, desde luego. Lo interesante, a mi parecer, es lo que se hace con estos tres elementos, con la existencia, con el destino y con nuestra percepción de ellos. Podemos actuar sobre nuestra percepción y sobre nuestra existencia, que es actuar sobre nuestra esencia. La forma de abordar el destino depende del momento en que se hace: si a priori o a posteriori de haberse cumplido éste. Si alguien cree que caerá al mar desde el acantilado, los evitará; si ha caído al mar, pensará en nadar y en cómo salir de él… o se dará por muerto. Ambas cosas resultan traumáticas, pero, a mi parecer, el destino solo es un elemento vacuo. Existe el devenir coherente de la causalidad; nuestros actos, pensamientos y decisiones, unidos a los de los otros, conllevan una concatenación de sucesos que producen un resultado determinado. Puedes llamarlo destino, pero no es tal en realidad, solo existe una tendencia extremadamente sensible a verse alterada. Puede resultar traumática la percepción del destino, desde luego. Ahora bien, qué se hace con esa percepción es lo interesante desde mi punto de vista. De igual manera, me parece de interés lo que hacemos con ello. Ahí es donde se encuentra mi visión de la literatura, no tanto en lo que sucede, en la percepción o en el trauma, sino en lo que hacen con ello los personajes (personas, al fin y al cabo).

 

P.- Infancia y adolescencia son períodos de aprendizaje, recordados como el paraíso, pero con dolor y pérdidas, ¿Cuál es la influencia de los recuerdos y experiencias en el presente?

R.- Es determinante, quizá porque no es una influencia consciente y porque no se tienen herramientas ni recursos suficientes en esas edades para digerirlos o tratarlos. Uno, digamos, se encuentra indefenso entonces para siquiera ver con claridad esa influencia. Los padres son la primera influencia, sin duda ambivalente, en el sentido de poder ser más o menos agradable o desagradable. Nuestra forma de recordar a nuestros padres se encuentra marcada por el mal o el bien que nos hicieron y, generalmente, el predominante suele ocultar al ocasional. Es decir, el bien oculta el mal en nuestra memoria y el mal oculta el bien. Solo eso es una manera de distorsionar nuestra visión y nuestra experiencia. Con esa distorsión es con la que abordamos las situaciones presentes y afecta a nuestra manera de entender, de comprender, de reaccionar y de actuar ante acontecimientos parecidos, similares o meramente temidos o supuestos. Son períodos de la vida que podrían considerarse fuentes de las que uno bebe continuamente, con mayor o menor conciencia; suponen nuestro primer contacto con el exterior (la escuela, el parque, los primos, los hermanos, la familia, los amigos, el médico, el amor, el desengaño, el dolor…) y con nuestro interior.

 

P.-¿Llega un momento en el que es necesario abandonar las preguntas existenciales y las ensoñaciones?

R.- Sí, ha de llegar. No es un momento definitivo y puede producirse en diversas épcas de la vida, pues la ensoñación y las preguntas existenciales son una útil herramienta para conocerse a uno mismo y para abordar sucesos y pensamientos, entre otras cosas, a la par que son un camino para crecer y hacernos mejores. Nuestros padres nos hablaban de tener los pies en la tierra y hacían gran hincapié en ello, lo que significaba ser práctico, tener un trabajo, una familia, una estabilidad material, ser buena persona, puntual, agradecida, mínimamente generosa. Abandonar estas preguntas y ensoñaciones también nos procura un reposo, descansar de la tensión y la ansiedad.

 

P.-Hay varios narradores en Peregrino. ¿Quiénes son?

R.-La idea subyacente en ellos es la de un narrador masculino que expone su lado femenino. Esto se muestra en dos voces narradoras: una femenina y una masculina. Ambas se disgregan en los distintos narradores de cada relato, cada uno con su perspectiva, sus emociones, su identidad y su contexto. Peregrino construye con estas voces narrativas un hilo narrativo común que aporta una perspectiva vital general de la novela en su desenlace como si uniera cuentas en un collar que encuentra en su broche la razón de ser y el significado vital de su existencia. Una niña sacudida pronto por la muerte y la violencia, un niño que encuentra en su imaginación su primera idea del mundo, otra niña ansía hacerse mayor y se encuentra, en esos primeros pasos, con la crudeza que ello implica; un hombre ingresado en una residencia muestra el trasfondo que conlleva el aislamiento y la necesidad de protección, otro hombre, en el esplendor de la mediana edad, elude encontrarse con la parte de sí que ha cometido un asesinato, una mujer regresa a casa de vuelta de una evasión…

 

P.- Es esencial la relación con los padres y su impacto en la identidad del personaje. Los humanos tenemos tendencia a ser los jueces más severos de nuestros propios padre. ¿A qué conclusiones llegas?

R.- Es probable que seamos los jueces más severos porque existe una distancia insoslayable entre padres e hijos y nada llega a esclarecerse lo suficiente para unos ni para otros. Es difícil alcanzar una conclusión sin controversia. No nos pondríamos de acuerdo en determinar qué es ser un buen o mal padre y tampoco en qué consiste ser un buen o mal hijo. Los hijos presuponen haber sido buenos y disculpan sus errores o comportamientos atribuyéndolos a la edad, a la inconsciencia o al desconocimiento, en tanto los padres hacen lo propio atribuyéndolo al desconocimiento, las circunstancias o incluso a la forma de ser de los hijos. No obstante, y abandonando la dualidad del bien y el mal, podemos alcanzar algunas conclusiones: por lo general, la distancia entre ambos se debe a una falta de escucha, a una falta de comprensión y una carencia de apoyo mutuos. Es cierto que los hijos carecen de conciencia completa y recursos emocionales en las dos o tres primeras décadas y, por tanto, el mayor peso de responsabilidad recae sobre los padres. Si los padres escuchan, comprenden y apoyan, los hijos estarán más cerca de aprender a hacerlo. Los padres enseñan y los hijos aprenden, primordialmente, y aunque éste sea un camino de doble sentido. Sin estos elementos, existirá un desequilibrio importante en la relación. Si ahora sumas un determinado grado de violencia por parte de los padres hacia los hijos, el impacto en la identidad de éstos se incrementa de manera decisiva. Ahora bien, aun escuchando, comprendiendo y apoyando, nada garantiza una relación paternofilial sin impacto. Esos tres elementos puedan mellar definitivamente en la identidad. Literariamente, las relaciones paternofiliales son un foco interesante de atención y un germen narrativo interesante. Otra conclusión interesante es la aceptación, comprender que no somos nuestros padres ni somos nuestros hijos y aceptar que, finalmente, tampoco podemos cambiar demasiado aquello que fue, pero sí nuestra visión, incluso y sobre todo si se han tenido unos padres severos en exceso o demasiado permisivos. Solo podemos convivir con ello y, lo más fundamental, aprender de ello. Sin caer en la severidad, ni con ellos ni con nosotros mismos.

 

P.-En tu novela se respira el anhelo de libertad, pero ¿Cuál es la libertad que espera conseguirse, cómo es?

R.- Si podemos definir esa libertad la definiríamos como inalcanzable; no deja de ser un valor utópico. El ser humano no es libre y está preso de sí mismo y de muchas limitaciones y cadenas. Por ejemplo, su pensamiento y su forma de sentir están limitados por su lengua, sus costumbres, sus referencias culturales y sociales, su entorno y su infancia. Pensar libremente no es pensar lo que uno desee y de la manera que desee sino pensar libre de ataduras, prejuicios y limitaciones, lo cual es imposible. La libertad física tampoco es alcanzable. La novela apunta a un punto de libertad más posible que es la de los sueños, la de la imaginación y el anhelo. Imaginemos un mundo en el que todos fuéramos libres, ¿podría materializarse ese mundo en algún caso? La novela enfoca la idea de libertad como anhelo, como un horizonte lejano que contemplar sin alcanzarlo jamás porque es el punto de equilibrio de la existencia y es la manera en que podemos aceptar y aprender nuestra realidad más inmediata. Esa sería la libertad que desea conseguir el narrador, la del equilibrio y la paz interior. Se alcanza la libertad cuando puedes sentarte en un lugar propio a contemplar el atardecer inmerso en una perenne paz interior. La edad, el tiempo, las vivencias, la experiencia y la introspección son necesarios para alcanzar esa libertad. Ese es el viaje incesante del peregrino, descubrir que no tiene que moverse de su lugar sino encontrar el suyo propio desde el que la mirada, ahora sí, encuentra la perspectiva vital adecuada y algo de sabiduría. ¿Acaso no es la única libertad posible?


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Entrevista a Olga Mínguez por “Un ángel en las trincheras”



P.-Una mujer rompe con su familia y marcha al frente de la Primera Guerra Mundial. Es un período en el que muchas mujeres se incorporan al mundo laboral o al frente. ¿En quién te has inspirado para hacer tu personaje?

R.-La verdad es que el personaje de Olivia es una mezcla de rasgos de distintas mujeres. Recoge parte de la tradición del campo ilicitano, de las mujeres que heredaron esa sabiduría. Pero no se queda ahí. Me parecía interesante unir esas características a las de las mujeres que anhelaban cambios, que buscaban otra forma de vida, que empezaban a hablar de derechos y de libertades. Mujeres que no estaban dispuestas a seguir aceptando el destino impuesto y que cambiaron los corsés por los uniformes de trabajo.

 

P.-Elche, en 1892. La madrugada en la que Olivia nació, su abuela Elvira sabía que estaba destinada a romper la tradición de las mujeres de la Villa de las Cerrajas. Curanderas, hechiceras, videntes, yerberas.

R.-Es una forma de rendir homenaje a tantas y tantas mujeres que han sido reprendidas y silenciadas a lo largo de la Historia. Mujeres que han ido heredando de madres a hijas unos conocimientos, unos saberes, tradicionales y que se tuvieron que enfrentar a los poderes establecidos, dominados siempre por hombres. Acusadas de brujería y de mil atrocidades, tuvieron que aprender a sobrevivir en las sombras, a protegerse unas a otras si no querían caer en procesos que les podría costar la vida.

 

P.-Vivirá la batalla del Somme, que dejó más de un millón de bajas. ¿Eliges esta batalla porque tiene para ti un especial valor simbólico?

R.- Elegí El Somme porque creo que es una de las batallas que más mención merece cuando hablamos de la Gran Guerra. Nació como una estrategia para aliviar Verdún, pero terminó siendo más mortífera que la propia Verdún. Se saldó con más de un millón de muertos, siendo la batalla más sangrienta para el ejército británico. Se la conoce como la “batalla equivocada” porque, aunque supuso una victoria táctica para la Entente, a penas se logró avanzar unos pocos kilómetros. Siempre me ha resultado increíble como una estrategia que surge para quitar la atención de otro lugar, acaba convirtiéndose en un escenario mucho más atroz que el primero.

 

P.-Romper con un destino marcado desde tiempos ancestrales? ¿Qué se puede encontrar a cambio?

R.-Yo creo que cuando una persona rompe con aquello que le ha sido asignado desde siempre, lo que encuentra es un lienzo en blanco. Un sinfín de posibilidades, de decisiones a tomar, de caminos que se abren. La libertad es justamente eso, el poder escoger qué pintar sobre ese lienzo, qué caminos transitar y cuales abandonar.

 

P.-Olivia vivirá entre pérdidas, dolor, violencia, traiciones e incertidumbre. ¿Qué aprende en el camino que ha emprendido?

R.-Aprende a vivir. Olivia recibirá golpes que no se esperaba, traiciones por parte de personas a las que idolatraba. Será duro para ella, pero también formará parte de un aprendizaje que la transformará como mujer y como profesional. Aunque es duro, creo que Olivia llega a ser la persona que será al final de la novela gracias a todo lo vivido anteriormente, aunque muchas de esas experiencias sean realmente traumáticas.

 

P.-Tendrá un encuentro con un hombre japonés que la llevará a pensar en la predestinación.

R.-Son los giros que harán que Olivia comprenda que la vida y sus decisiones no siempre tienen que tender a los extremos. Ella huye de las tradiciones heredadas, pero serán estas mismas las que la llevarán a encontrarse con el personaje del soldado, tan decisivo para Olivia y para el desarrollo de la novela. Olivia entenderá que hay cosas que forman parte de su esencia misma y que no es necesario rechazarlas, sino adaptarlas para que la acompañen en su búsqueda de identidad y de libertad.

 

P.-¿Cuál es el principal aprendizaje que la época de la Primera Guerra Mundial deja a Olivia, tu protagonista?

R.-Olivia aprenderá a valorarse no solo a sí misma, sino a todas sus compañeras. Es una forma de dignificar la profesión de enfermera de guerra, sobre todo cuando entienda que ellas, junto con los médicos, son un punto de luz para los soldados que esperan dentro del fango de las trincheras a que la muerte llegue. Olivia se hará fuerte cuando más hundida estaba, y sabrá alzar el vuelo no por ella misma, sino por todos aquellos que tenían las esperanzas perdidas. Su mayor aprendizaje es entender que es mucho más fuerte de lo que ella misma creía.

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