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23/12/14

Cuentos de navidad 09.- Intruso, de David J. Skinner



Sonó el timbre de la puerta. Era la policía.
—Está en el salón —fue lo primero que dijo Richard al individuo alto y sombrío, de larga gabardina, que se encontraba al otro lado—. Tuve que…
—No se preocupe —respondió este, en un tono que quizá pretendía ser tranquilizador—. Connor, Johnson, id a ver.
Mientras los dos agentes uniformados cruzaban la puerta en dirección al lugar que Richard había indicado, el hombre de la gabardina clavó sus ojos en el tembloroso dueño de la vivienda.
—Soy el inspector Ramírez, hemos hablado por teléfono. ¿Qué ha ocurrido después de nuestra conversación?
Ramírez atravesó también el umbral, apartando al otro con su mano derecha. Richard cerró la puerta y comenzó a caminar lentamente hacia el interior, acompañado del inspector.
—Al principio estaba en silencio, pero poco después de colgar el teléfono empezó a soltar una retahíla de sinsentidos. Intenté no hacerle mucho caso hasta… hasta que habló de mis hijos.
—¿Les amenazó?
—Dijo que Judy se había portado muy bien este año —respondió Richard, que ya había alcanzado el salón—, y que tenía algo muy especial para ella. ¡Tiene seis años, inspector! ¿Qué clase de pervertido diría algo así?
El inspector asintió, mientras contemplaba la escena. El cuerpo de un hombre grueso y con barba, vestido con una especie de pijama rojo y blanco, yacía sobre el suelo de madera con varios impactos de bala en pecho y cabeza. Junto a él se encontraba una bolsa de iguales colores.
—¿Fue cuando lo hizo? —preguntó Ramírez.
—No, no. Le dije que se callara, que no iba a permitirle nombrar a mi hija. Y, entonces, empezó a hablar acerca de Tom. Dijo que le llevaba observando todo el año; mencionó su función teatral y también la caída que sufrió con la bicicleta. Luego, llevó su mano a la bolsa.
—Investigaremos su contenido —dijo el inspector, señalando en esa dirección—, pero, contenga o no algo peligroso, está claro que usted solo pretendía proteger a su familia.
—Si no hubiera sido por aquel aviso —dijo Richard, algo menos nervioso—, no quiero ni pensar en lo que ese cerdo les podría haber hecho.
—Es cierto, la llamada que me comentó cuando hablamos por teléfono. Lo que no me dijo es de quién se trataba. ¿Algún vecino?
—Se identificó como Mel. —Ante la cara del inspector, aclaró—: era un hombre, como le dije. Quizá no entendí bien el nombre.
—Ya da igual. Lo importante es que tanto usted como su familia están a salvo. Y, probablemente, muchas más familias.
En el exterior nevaba. Aun así, aquella escena estaba siendo observada a través de la ventana por tres silenciosas figuras. Tres hombres que miraron a Richard y al inspector, para acabar contemplando el cuerpo sin vida en el suelo del salón.
Y los tres se rieron.
 
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Cuentos de navidad 08.- El sorteo, de Iván Teruel



El coche frenó en seco y el sonido afilado de las ruedas entró como un cuchillo en los oídos de Eric. Alcanzó sus tímpanos, los sacudió, se detuvo un momento, y desde allí irrumpió directamente en su conciencia. Antes, tuvo el pálpito. El pálpito oscuro que durante toda la semana lo hizo estar mucho más nervioso que otros años. Por ese motivo salió a pasear. Porque se le hacía insoportable descontar los minutos encerrado en casa. Caminaba para distraerse. Pero el presentimiento siguió ahí. Quizás por eso, aunque se sobresaltó con el chirrido del frenazo, aunque no pudo evitar esa reacción refleja, después no pareció inmutarse. Permaneció impávido al verlos avanzar hacia él: cuatro hombres de expresión hosca, vestidos impecablemente, habían descendido del coche con gran celeridad. Cuando llegaron a su altura, dos manos firmes le sujetaron los brazos y lo condujeron al vehículo. El pálpito se hacía realidad y la realidad empezaba a adquirir un aire de pesadilla: acababa de ser apresado por las BSSN.
Las Brigadas para la Seguridad del Sorteo Nacional eran unas unidades creadas por el Gobierno para intervenir en las últimas horas del plazo establecido para la adjudicación de números de participación. Generalmente las comunicaciones se hacían por correo certificado, pero había casos excepcionales en que los programadores del sistema eran incapaces de obtener una respuesta clara con el suficiente anticipo. Estos participantes de última inclusión eran obligados a presenciar el acto en directo. Entonces intervenían las BSSN, que los reclutaban, custodiaban y conducían hasta el salón donde se celebraba el Sorteo. En el trayecto, les extendían el sobre con su número de participación.
Eric abrió el suyo. Mientras comprobaba qué número le habían adjudicado, sonó la potente sirena que señalaba la finalización del plazo para participar en el Sorteo. Entonces miró hacia fuera: apenas algún abrazo, alguna lágrima, alguna sonrisa incrédula. Ya no aquellos estallidos de euforia que al principio sacaban a la gente a la calle para celebrarlo con expresiones desaforadas de júbilo. Los ciudadanos habían comprendido que aquella sirena no deshacía el miedo. Solo lo postergaba. 
Llegaron al salón. Al entrar, Eric quedó sobrecogido por el silencio. Un silencio espeso que manifestaba un sentimiento de derrota ante lo inevitable. Dos miembros de las BSSN lo acompañaron a su butaca. En el pasillo se cruzó con algunas miradas en las que creyó reconocerse. Tomó asiento. Esperó. Y empezó el Sorteo. Se repartieron ruinas económicas, infidelidades, mutilaciones, secuestros, enfermedades terminales, atentados, incendios, abortos, paraplejias. Hasta que llegó su turno. Y en ese momento, desde los confines de un miedo indefinible que le sacudió la médula, Eric sintió que todo estaba decidido desde siempre.
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Cuentos de navidad 07.- Noche de invierno. Era navidad, de Pedro Pujante

El presidente del gobierno se acostó una
Noche de invierno. Era navidad.
Se presentó el fantasma del pasado y le dijo,
Oye, mira lo que hizo tu antecesor, supéralo
O mejor no te despiertes y no molestes más.
Luego el espíritu del presente le susurró, apresúrate a cambiar
Las cosas, ¿no ves la gente en paro, la crisis, la
Delincuencia, la educación, la inseguridad?
Para acabar el espectro del futuro le mostró
Un presidente retirado y millonario,
Viviendo, se vio, la dolce vita y
dorado por el sol en la hermosa y urbanizada
playa de un país desecho y saqueado.
… Eso sí era un buen sueño.
Cuando despertó nuestro castizo Scrooge,
Presidente del gobierno, siguió su mandato
Y no cambió ni un ápice su actitud ni su pensamiento.
Esto, lo siento, no es un jodido cuento de navidad.
 
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El absurdo fin de la realidad http://www.edicionesirreverentes.com/2099/PedroPujante.html

19/12/14

Cuentos de navidad 03.- Estrella de navidad, de Adrián Tejeda

Todo sucedió un poco antes del solsticio de invierno.
            Apareció de repente, de la nada más bien: Una luz radiante en el cielo que lo iluminaba todo, un  brillo expansivo en el firmamento. Su paso, fugaz como la vida misma,  a penas duró unos segundos,  los suficientes como para quedarse prendando, tanto como para no importarle esperar otros cincuenta años con tal de poder encontrarse de nuevo.
            El tiempo pone a todo en su sitio, eso dicen, aunque en su caso, la espera sirvió para ayudarle a controlar  su propia esencia, la materia que formaba parte de su ser, y el amor imposible que día a día iba naciendo en su interior, la energía necesaria para que obrase el milagro: diluirse en partículas infinitas, volar como motas de polvo en el aire al paso de las caricias de una ráfaga de viento, y finalmente, poder unirse con ella, la estrella del norte que había cambiado su vida para siempre.
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