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23/12/14

Cuentos de navidad 08.- El sorteo, de Iván Teruel



El coche frenó en seco y el sonido afilado de las ruedas entró como un cuchillo en los oídos de Eric. Alcanzó sus tímpanos, los sacudió, se detuvo un momento, y desde allí irrumpió directamente en su conciencia. Antes, tuvo el pálpito. El pálpito oscuro que durante toda la semana lo hizo estar mucho más nervioso que otros años. Por ese motivo salió a pasear. Porque se le hacía insoportable descontar los minutos encerrado en casa. Caminaba para distraerse. Pero el presentimiento siguió ahí. Quizás por eso, aunque se sobresaltó con el chirrido del frenazo, aunque no pudo evitar esa reacción refleja, después no pareció inmutarse. Permaneció impávido al verlos avanzar hacia él: cuatro hombres de expresión hosca, vestidos impecablemente, habían descendido del coche con gran celeridad. Cuando llegaron a su altura, dos manos firmes le sujetaron los brazos y lo condujeron al vehículo. El pálpito se hacía realidad y la realidad empezaba a adquirir un aire de pesadilla: acababa de ser apresado por las BSSN.
Las Brigadas para la Seguridad del Sorteo Nacional eran unas unidades creadas por el Gobierno para intervenir en las últimas horas del plazo establecido para la adjudicación de números de participación. Generalmente las comunicaciones se hacían por correo certificado, pero había casos excepcionales en que los programadores del sistema eran incapaces de obtener una respuesta clara con el suficiente anticipo. Estos participantes de última inclusión eran obligados a presenciar el acto en directo. Entonces intervenían las BSSN, que los reclutaban, custodiaban y conducían hasta el salón donde se celebraba el Sorteo. En el trayecto, les extendían el sobre con su número de participación.
Eric abrió el suyo. Mientras comprobaba qué número le habían adjudicado, sonó la potente sirena que señalaba la finalización del plazo para participar en el Sorteo. Entonces miró hacia fuera: apenas algún abrazo, alguna lágrima, alguna sonrisa incrédula. Ya no aquellos estallidos de euforia que al principio sacaban a la gente a la calle para celebrarlo con expresiones desaforadas de júbilo. Los ciudadanos habían comprendido que aquella sirena no deshacía el miedo. Solo lo postergaba. 
Llegaron al salón. Al entrar, Eric quedó sobrecogido por el silencio. Un silencio espeso que manifestaba un sentimiento de derrota ante lo inevitable. Dos miembros de las BSSN lo acompañaron a su butaca. En el pasillo se cruzó con algunas miradas en las que creyó reconocerse. Tomó asiento. Esperó. Y empezó el Sorteo. Se repartieron ruinas económicas, infidelidades, mutilaciones, secuestros, enfermedades terminales, atentados, incendios, abortos, paraplejias. Hasta que llegó su turno. Y en ese momento, desde los confines de un miedo indefinible que le sacudió la médula, Eric sintió que todo estaba decidido desde siempre.
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6/12/14

RELATOS LITERARIOS: El fiscal. De Iván Teruel



Vuelve a hacerse real aquel olor de surcos profundos, incrustado desde hace tanto en algún lugar entre su nariz y su conciencia. Siempre le ocurre en los recesos de las vistas finales, cuando tiene que salir impulsado hacia el servicio a lavarse frenéticamente las manos: es lo único que lo alivia. Nadie, sin embargo, conoce su manía. Nadie imagina que un fiscal del Tribunal Supremo, tan agresivo en los interrogatorios, tan implacable en la lucha contra la pederastia que lo ha hecho mediático, muestre esa debilidad ante un espejo. El fiscal acaba su ceremonia. Y mientras se dirige a la puerta y va recobrando su porte de plomo, desde el espejo se lo queda mirando un monaguillo de doce años de ojos asustados, que ha ido a casa de don Venancio a buscar un paraguas y que recibe las primeras caricias aviesas de unas manos que siempre apestan a sardinas.