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14/3/20

Sexo robótico, el amor del futuro, en M.A.R. Editor


Colección NARRATIVA nº 88
ISBN: 978-84-17433-25-3 •
184 páginas • PVP: 15,00 €

Nos encontramos ante un cambio de paradigma social y cultural, y los robots, inicialmente destinados al mundo industrial y mecánico, ahora son fabricados para combatir la soledad, incluso para funcionar como un sucedáneo del sexo o del amor.
            Pieles de tacto suave que conducen al engaño, formas sugerentes, ojos y cabellos al gusto del consumidor y gran capacidad para relacionarse, convierten al androide moderno en un sueño para aquellas personas necesitadas de contacto humano.
El amor entre los hombres y los seres artificiales es tan antiguo como la especie. Cuenta Ovidio en su Metamorfosis que Pigmalión se enamoró de una estatua que había creado con blanco marfil. A finales del S.XIX Villiers de l’Isle-Adam escribió La Eva futura, donde un hombre se enamora de una mujer artificial. El amor se desplaza a su propia parcela de artificialidad porque ya lo más importante no es la realidad, sino lo percibido como real. Potentes empresas pugnan por crear la robot, y el robot, más sexy y complaciente. Algunas de ellas incluso han comprendido que deben sofisticarlo para durar en la salud y la enfermedad, la riqueza y la pobreza. Los relatos aquí reunidos tratan de máquinas hechas para el amor, de obsesiones, de robots sexuales e incluso de la posibilidad de procrear con androides casi perfectas. Comprendemos que hay otras formas de amar al leer los textos de María Zaragoza, Félix Díaz, Teresa Iturriaga Osa, Toñy Riquelme, Francisco Legaz, Francisco Javier Illán Vivas, Margarita Wanceulen, Sara Sánchez Rivas, David Acebes, Ana Zarzuelo, Enrique Pérez Balsa, Antonio M. Morales, Klaus S. Neumann, Pedro Diego Gil López, Patricia Haro, Aina Rotger, Pedro Amorós, Pedro Pujante y Miguel Ángel de Rus.
            Viajamos a futuros oscuros, extraños o divertidos, futuros muy cercanos en los que se fabricarán compañeros a medida de nuestras obsesiones y necesidades, ya sea para el sexo o para llevar una confortable vida conyugal.

M.A.R. Editor ha reunido textos de destacados autores contemporáneos en este volumen de relatos sobre el amor y sexo entre humanos y robots. Entre la humanidad y la artificialidad. La edición literaria de Sexo robótico para M.A.R. Editor ha corrido a cargo de Pedro Pujante. Los relatos publicados en el libro pertenecen a los siguientes autores: María Zaragoza, Félix Díaz, Teresa Iturriaga Osa, Toñy Riquelme, Francisco Legaz, Francisco Javier Illán Vivas, Margarita Wanceulen, Sara Sánchez Rivas, David Acebes, Ana Zarzuelo, Enrique Pérez Balsa, Antonio M. Morales, Klaus S. Neumann, Pedro Diego Gil López, Patricia Haro, Aina Rotger, Pedro Amorós, Pedro Pujante y Miguel Ángel de Rus.
            Son historias fantásticas y de ciencia ficción, pero ancladas en nuestra realidad. Mundos que se parecen al nuestro en los que el amor entre el hombre y la máquina ya se está consumando. Es una propuesta literaria atrevida sobre un futuro quizá demasiado cercano.

Hablan los autores

Sobre el libro afirma el escritor y editor literario Pedro Pujante: “M.A.R. Editor me propuso preparar esta antología porque están muy interesados en el tema de la vida artificial. Ya en la literatura clásica lo trataron autores como Ovidio o Villiers, de quien la editorial acaba de editar La Eva futura, una obra magistral sobre el tema, y querían profundizar en el concepto. Y en verdad es algo muy actual, porque millones de personas enamoradas, en la distancia, de imágenes reproducidas en revistas, cuadros famosos, fotogramas que emulan la figura de Irina Shayk o Rita Hayworth. Pigmaliones de luz que la pantalla del televisor ha esculpido en la soledad de nuestro salón. Enamorados de seres irreales. Ocurre a diario. Amamos a seres artificiales con el rostro de bellezas imposibles. En el cine Berlanga, en Tamaño natural, ya ensayó este subgénero de romance artificial, pero añadiendo sus dosis de humor, ironía y crítica social. En otra película, Lars and the real girl, la soledad y el aislamiento impulsan a su excéntrico protagonista a contraer una relación plastificada con una muñeca. Así pues, queríamos afrontar desde la literatura nuevas formas de ver el sexo robótico, incluso el amor y la procreación, porque quizá nos acerquemos a un futuro en el que nos convirtamos en posthumanos. Cada autor muestra su visión de este tema con un resultado divertido, ácido y creo que muy interesante”.
            El escritor Miguel Ángel de Rus es el que va más allá en el proceso de transhumanización: “Ya hay úteros artificiales y robots que tienen funciones de incubadora, con sensores que graban los datos de temperatura del bebé, pulsaciones, que informan de todas sus necesidades y con las condiciones adecuadas para que se cubran esas necesidades. Ya que hay una industria de robots creados para el sexo, no es de descartar que pronto se creen robots –si no los hay ya– a los que se implante un óvulo fecundado que será desarrollado en un útero artificial dentro del robot. Así ese robot dará compañía, amor, sexo e incluso tendrá hijos. Puede resultar agradable o no, pero es hacia donde va la ciencia. En lugar de usar vientres de alquiler de mujeres pobres, usar la tecnología”.
            María Zaragoza afirma sobre su relato El peso del amor habla de las particularidades que nos hacen únicos en un mundo que busca hacernos cada vez más indistinguibles, más homogéneos, sin matices. Esos matices, por más que quieran eliminarlos, seguirán existiendo; seguirá habiendo un porcentaje de nosotros que será sólo nuestro aunque nadie más lo vea. El relato planeta si sería posible que las inteligencias artificiales desarrollasen también ese pequeño porcentaje único, lo que otros llamarían alma.
            Para el vallisoletano David Acebes: “No hay nada más chic que hacer el amor con un chip. O al menos eso creen los autores que Pedro Pujante ha seleccionado para la nueva antología de M.A.R. Editor. Encabezados por María Zaragoza, en Sexo Robótico podemos encontrar algo así como una versión literaria de la mítica serie Black Mirror, una colección de diecinueve relatos, originales e independientes entre sí, que nos proponen sin embargo visiones afines de una realidad que amenaza con ser distópica y poshumana”. La autora residente en Palencia Aína Rotger, ve con una cierta ironía el sexo robótico: “Ya hay máquinas para dar placer sexual a las personas. El sexo robótico es la evolución del satisfyer”. Y así ve el amor que viene el palentino Asier Aparicio: “Hay gente para la que el futuro es sex, drugs & Robocop”.
 Presentación de Sexo Robótico en la librería Burma de Madrid, con Miguel Ángel de Rus, Sara Sánchez Rivas, Aína Rotger y Enrique Pérez Balsa.
Presentación de Sexo Robótico en Murcia, con Juan Gil Palao, Francisco Javier Illán Vivas, Pero Pujante y Pedro Diego Gil López
Presentación en la librería Margen, de Valladolid, de Sexo Robótico con Aina Rotger, María Ángeles Paniagua y David Acebes
Presentación en Cieza de Sexo Robótico con Francisco Javier Illán Vivas, Toñy Riquelme, Pe
dro Pujante, Pedro Diego Gil López y Juan Gil Palao.

Presentación de Sexo Robótico en la librería Ateneo, de Palencia, con Asier Aparicio, Aína Rotger y Acebes

5/3/18

Olga Mínguez: Siendo ficción, he reflejado la triste realidad que seguimos viviendo hoy día; las mujeres, por el simple hecho de serlo, somos potenciales víctima pata ciertos crímenes.


P.- Mujeres, violencia, sectas, crimen organizado ¿La absurda existencia de Dalila Conde además de novela negra es una crónica periodística?
R.- Aunque se trata de ficción, sí que es cierto que tiene mucho de realidad. No se trata de ningún caso concreto que hayamos podido ver a través de la prensa, sino, en el fondo, un compendio de muchos de ellos. He estado mucho tiempo siguiendo atentamente las noticias, tratando de investigar cómo procede la policía en ciertos momentos, hablando con personas bastante metidas en temas de desapariciones y crímenes. La documentación previa a la escritura siempre me ha parecido fundamental. Por ello, puedo decir que, repito, siendo ficción, sí que he tratado de reflejar la triste realidad que seguimos viviendo hoy día: las mujeres, por el simple hecho de serlo, somos potenciales víctimas para ciertos crímenes. 

P.- ¿En La absurda existencia de Dalila Conde sigues mostrando en tu obra la preocupación sobre la violencia contra las mujeres?
R.- Es un tema recurrente en mi obra, y creo que lo seguirá siendo. Escribo sobre todo porque es mi forma de comunicarme con la gente, de expresar temas o situaciones que me preocupan. Y el tema de la violencia contra la mujer es algo que me carcome por dentro. No comprendo cómo es posible que, en pleno siglo XXI, sigamos viviendo con barbaridades como la brecha salarial, el acoso, la violencia de género o las violaciones. Que la sociedad tenga mucho más de machista de lo que queremos ver. Mientras esto siga existiendo, yo lo seguiré reflejando en mis obras.

P.- ¿Has ganado el Premio Wilkie Collins de Novela Negra, tu novela se presenta en Tenerife Noir, vas a participar en la Semana Negra de Gijón? ¿Hace años hubieras imaginado un futuro tan “negro”?
R.- La verdad es que no. Tengo que confesar que mi gusto por la novela negra es relativamente reciente. Siempre he transitado por otro tipo de literatura, pero a raíz de mi entrada en un club de lectura hace escasos años, empecé a interesarme por este género. Y ahora reconozco que me tiene enganchada. Me siento muy afortunada por haber ganado el premio Wilkie Collins, tan respetado, y por todos los festivales a los que he sido invitada. Es una gran oportunidad que no pienso desaprovechar. Creo que mi futuro en novela va a seguir siendo bastante “negro” por el momento.

P.- Tenerife Noir se presenta como Festival Atlántico. ¿Crees que la unión de autores y mercados de un lado y otro de América es vital para la buena salud de la industria cultural y del idioma español?
R.- Me parece algo esencial. Siempre he creído que en la variedad está la riqueza. ¿Qué sería de nosotros si nos encerrásemos únicamente en nuestro territorio, en nuestra cultura? Conocer todo lo que se cocina a nivel literario (o cultural en general) al otro lado del Atlántico también ayuda a crecer y avanzar. No podemos quedarnos únicamente en casa, hay que ampliar miras. Y creo que un festival como es Tenerife Noir ha sabido leer muy bien las necesidades de nuestro campo.

P.- Aunque triunfas con la novela negra tú eres una muy destacada autora teatral. ¿Abandonas el teatro por el crimen?
R.- Creo que nunca podría abandonar el teatro. Tengo varias obras en mente que me gustaría ir escribiendo en el futuro. En concreto, hay una en la que ya estoy trabajando actualmente. Tal vez tarde un poco en darle forma porque hay otro proyecto que me está absorbiendo casi todo el tiempo, y porque el tema de esta nueva obra teatral es muy duro y no quiero tratarlo a la ligera. El teatro es mi casa, es mi refugio, es mi lenguaje. Por mucho que me mueva en otros campos, sé que siempre regresaré a él de una forma u otra.

P- ¿Cuáles han sido los rasgos generales de tu personalidad creativa hasta ahora?
R.- Aunque puedo parecer muy pausada y reflexiva, siempre he sido una persona que se mueve por sensaciones. Cuando un tema me interesa o me preocupa, siento la necesidad de investigar o hablar de él casi a todas horas. Por suerte, con el tiempo he sabido canalizar ese ímpetu y llevarlo por el camino literario. Ahora conozco mis tiempos; sé organizarme para estudiar datos, investigar sobre aquello que me preocupa, y posteriormente plasmarlo en una obra de teatro, un relato o una novela. En cierta forma, la literatura ha sido la salvación para esta especie de hiperactividad mental y emocional que siempre he tenido.

Toda la información http://www.mareditor.com/narrativa/olga_minguez.html 

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15/9/15

Los riesgos de buscar sexo por Internet en la novela “Demonios en el teclado”, de Froilán Sánchez

P.-¿Por qué se ha decidido a escribir un libro sobre contactos por internet?
R.- Creo que cuando alguien se decide a escribir un libro es porque considera que tiene algo interesante que decir. Este ha sido mi caso; sin un mensaje de fondo que  transmitir jamás me hubiera animado a escribir Demonios en el Teclado. Lo que quiero comunicar es que recurrir a internet, con la intención de conocer a personas para establecer relaciones sexuales, dada la facilidad con la que se accede a este medio, tiene sus riesgos, y no pocos. En función del tipo de encuentro que se pretenda, el riesgo puede ser mayor o menor, pero siempre está presente.

P.-Aborda el tema de los intercambios de pareja, modalidad de contacto al cual era muy aficionado Henri, uno de los personajes del libro. ¿Podríamos decir que Henri era un adicto al sexo?
R.- Cuando ideé el personaje de Henri no pretendí que fuese un hombre con adicción sexual y a lo largo de su intervención en la novela en ningún momento nos hace sospechar que pudiera serlo. Aficionado al sexo sí, pero no adicto. En mi trabajo como médico especializado en temas sexológicos he estudiado algunos pacientes con este tipo de adicción y todos ellos tienen un perfil muy característico.

P.- ¿Podría referir cual son las características habituales de las personas adictas al sexo?
R.- Estas personas, la mayoría hombres, son acosados por pensamientos obsesivamente relacionados con temas sexuales, o por la necesidad de practicar sexo, cada vez más frecuente. Necesitan aumentar paulatinamente “la dosis” que se les va quedando corta para saciar su intenso deseo sexual. Sufren, además, una pérdida de control de sus actos sexuales y fracasan una y otra vez en sus intentos de limitar esta actividad, aun siendo conscientes de los efectos negativos que reconocen con tal comportamiento.
Y, pese a todo, no viven su sexualidad como algo placentero, jamás se dan por satisfechos, excepcionalmente pueden lograr una cierta satisfacción, siempre efímera. Inmersos en su delirio, las personas adictas al sexo dedican casi todo su tiempo a esta actividad y lo hacen de un modo obsesivo, desatendiendo obligaciones sociales o profesionales, con los problemas que ello les acarrea o les acarrearán en un futuro no lejano.

P-¿Es Demonios en el Teclado una novela erótico-policíaca?
R.-Así lo creo. Los personajes, la acción, el desarrollo de los acontecimientos, la descripción de los hechos, tanto como las pruebas periciales que inculpan a los personajes principales, incluso la intervención de la policía y de la guardia civil, inducen a considerar a “Demonios” como una novela policíaca con altas dosis de erotismo.  Los crímenes que en el transcurso de la acción suceden le confieren unos matices propios de dicho género, al situar al protagonista en un laberinto de angustia, pasión y muerte del que no puede escapar. El hecho de que el móvil de los asesinatos sea alguna debilidad humana: rabia, celos, lujuria, etc., son razones que se suman a las anteriores y corroboran la inclusión de Demonios en el Teclado entre las novelas del género negro.

P.-Sus descripciones de algunas situaciones, especialmente las sexuales, son muy explícitas. ¿Se la podría considerar una novela erótica?
R.- Me gusta describir minuciosamente las diferentes situaciones que se suceden a lo largo de la trama; también las sexuales. En mi trabajo, compruebo cada día como los tabúes y los mitos sexuales, aunque en retroceso, siguen estando presentes en muchas personas. Creo que es necesario otorgar a la sexualidad una connotación de normalidad, por eso, consideré oportuno describir con detalle este tipo de escenas y el resultado final me parece que es elegante, rehuyendo de descripciones o matices que rayen lo escatológico, lo vulgar o lo obsceno, respetando siempre a los personajes, situando a mujeres y hombres al mismo nivel, evitando cualquier dominio o distinción por razones de género.  En relación a si se puede considerar o no una novela erótica, creo que leer e imaginar escenas sexuales, descritas con respeto pero ponderando la pasión, siempre resulta erótico. Esta novela, claro que es erótica. En absoluto era este el objetivo, pero finalmente así ha sido.

P.-Parece que en esta era digital hay poco espacio para las pasiones ¿qué opina al respecto?
R.-Las pasiones son consustanciales al individuo, y su intensidad no mengua con el uso de internet y los medios digitales, antes al contrario. El amor, el odio, los celos, la envidia, el ansia de poder, la avaricia, etc., están ahí, agazapadas, por ejemplo, en las redes sociales, y pueden resultar beneficiosas cuando se persigue una buena causa, pero extremadamente peligrosas si se desbordan y dirigen el pensamiento y la conducta de las personas con fines malévolos.

P.- ¿Qué nos dice de las dificultades sexuales de Camil, nuestro protagonista?
R.-Camil sufre eyaculación precoz, un problema sexual frecuente entre los hombres, y la ansiedad que experimenta cuando se relaciona con la mujer de la que está enamorado acelera sus “tiempos” y precipita la eyaculación.  Esta es una situación habitual en los pacientes que sufren este tipo de problemas, y que les provoca una gran inseguridad al desconfiar de su capacidad para salir airosos de un encuentro sexual. Camil, con buen criterio, puso remedio a sus dificultades acudiendo a un médico sexólogo. No todos los hombres son tan sensatos.

P.-Sus descripciones del entorno de la Albufera de Valencia nos inducen a pensar que admira dicho lugar. ¿Es así?

R.- En efecto. En general admiro la naturaleza y, por supuesto, la Albufera, un lugar casi mágico como describo en la novela. Este lago es un prodigio natural, una encrucijada de aguas que antiguamente tan solo por rebosamiento se vertían al mar. Desde hace siglos, la mano del hombre juega en su provecho con ese singular fenómeno, permitiendo, a través de su control mediante una serie de golas, que cultivos como el arroz o los naranjos florezcan.  

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29/3/15

Pizza doble, relato erótico de Félix Díaz

David llevaba unas cinco semanas como repartidor de pizzas a domicilio, y estaba satisfecho con su trabajo. Ganaba suficiente para ahorrar un dinero que, esperaba, le serviría para independizarse en unos cuantos meses. Entretanto, vivía con su madre y guardaba casi todo lo que ganaba; eso sí, ya no podía contar con la semanada que ella le daba, así que recurría a su sueldo para los pequeños gastos.
Trabajaba para PizzaRapid, una de las numerosas empresas de comida a domicilio que había en la ciudad. En ocasiones se encontraba con las motos de algún competidor, y más de una vez jugaron a ver quién salía más rápido en los semáforos. Hasta ahora había salido bien librado, aunque reconocía haber cometido alguna que otra infracción de tráfico.
Llegó al portal que marcaba la dirección que le habían dado. Le llamó la atención la presencia de otra moto, ésta de ExpressPizza, uno de sus odiados competidores.
Sólo por si acaso, leyó de nuevo la dirección. Estaba correcta, era aquel portal.
¡En fin! Allí había varias viviendas, así que podría ser casualidad que algún otro vecino llamara a la competencia.
Tocó en el portal. Era el 6º izquierda.
—¿Sí? —dijo una voz de mujer. David suponía que le estarían viendo a través de la cámara. Pero de todos modos contestó.
—Pedido de PizzaRapid.
—Sube. Si te das prisa, tal vez coincidas con tu compañero.
A David le extrañaron esas palabras, pero no les dio mayor importancia. Entró y se dirigió al ascensor, que estaba justo enfrente al portal.
Allí esperaba el otro repartidor, con el uniforme de ExpressPizza. Aguardaba la llegada de la cabina del ascensor, con su bolsa roja reglamentaria.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó David, en plan provocativo.
—Lo mismo que tú, gilipollas. ¿A qué piso vas?
—Al sexto. ¿Y tú?
—Al mismo.
El ascensor se detuvo. El otro se introdujo el primero, pero David no esperó para hacer lo propio.
—Supongo que no te molestará que te acompañe —dijo, en tono beligerante.
—Claro que no. Las pizzas hay que repartirlas rápido. Por cierto, me llamo Paco, ¿y tú?
—David.
No se dijeron ni una palabra más mientras el aparato subía. Cada uno aguardaba el primer movimiento de ataque del otro, en un lado de la cabina.
Por fin, se detuvo el ascensor. No hubo ataque por parte de ninguno de los dos. David salió el primero, y Paco no esperó ni un segundo.
David dudó en el pasillo. Había tres puertas, cada uno con su placa «Derecha», «Centro», e «Izquierda». Se dirigió hacia esta última.
Casi ni se fijó en que Paco hacía lo mismo.
Llegaron juntos a la puerta. Paco tocó el timbre, antes de que David pudiera hacerlo.
Debían de haberlos visto a través de la mirilla, porque la puerta se abrió sin preguntar quién era. Una mujer de unos cuarenta o cincuenta años (David era malo para calcular la edad de las mujeres, y todas las maduras les parecían de la misma edad), les dejó pasar.
—¡Qué bien, los dos a la vez! ¡Pasad, chicos, pasad!
—Disculpe, señora, pero ¿no habrá un error? Lo digo por mi compañero aquí presente —preguntó David.
—El único equivocado aquí eres tú, gilipollas —exclamó Paco.
—¡No os enfadéis, chicos! —intervino la señora—. No hay error alguno. Yo pedí una pizza a PizzaRapid y otra a ExpressPizza. Espero que no os molestéis, porque pienso pagar las dos.
—Si es así… —contestó Paco.
David no replicó.
—Dejad las pizzas en la mesa —dijo la mujer—. Por cierto, me llamo Marisa y quería haceros una propuesta. A los dos —recalcó esto último.
Paco y David sacaron sus respectivos pedidos y los depositaron sobre la mesa del salón.
David echó un vistazo rápido a su alrededor. Vio algunas fotos enmarcadas en un aparador, junto a una librería muy surtida y llena de libros desordenados; estaba claro que se leían los libros, no estaban de adorno.
Observó también unos muebles muy suntuosos, incluyendo un equipo de televisión de gran tamaño con altavoces, y varios reproductores, desde un anticuado de casetes hasta un bluray.
No le dio tiempo de seguir observando. Doña Marisa venía con dos billetes de 50 euros, uno en cada mano.
A David se le cayó el alma al suelo. ¡No tenía cambio!
—Esto es para vosotros —dijo la mujer.
—No tengo cambio, señora —observó Paco—. ¿No se le dijo por teléfono que debía tener el importe exacto? Las normas de seguridad…
—Todo eso lo sé, chico —cortó Marisa—. Podéis quedaros con el cambio, si me hacéis un favor. Los dos —otra vez el retintín al decir «los dos».
—¿De qué se trata? —preguntó David, mientras hacía cuentas mentales. La pizza eran 8 euros, lo que dejaba 42 netos para él… Esperaba que «el favor» no fuera nada difícil.
Paco no dijo nada, porque ya David lo había hecho por él. Y también hizo una cuenta similar en su cabeza.
—Veréis, chicos. Me encantan los pepperoni…
—Disculpe, doña Marisa, pero el encargo que me dieron no era de pepperoni —interrumpió Paco—. Era una «cuatro estaciones».
—La mía es de champiñones y jamón —observó David.
—No me refiero a pepperoni en las pizzas, chicos. Y, por favor, llamadme Marisa, sin el «doña».
—Me temo que no la entiendo, Marisa —indicó David, aunque una sospecha se empezaba a abrir en su mente.
—¿No seréis gais, por un casual?
—¡No, señora! —respondieron los dos, al unísono.
—Bien, porque me refiero a vuestros pepperoni. Y si os portáis bien, aquí tengo esto —enseñó un billete verde, de cien euros.
A David se le encendieron los ojos. Y de pronto fue consciente de que aquella mujer, Marisa, no estaba mal para ser una puretona. Aunque lo más seguro sería que le doblaba en edad, tenía buen cuerpo.
No se molestó en disimular la mirada que le echó de arriba abajo. Tenía el pelo rubio, no muy largo, enmarcando la cara redonda. Los labios gruesos, apetecibles. Un ligero rubor se marcaba en las mejillas, tal vez porque se sabía observada. No llevaba maquillaje, por cierto.
El cuello era corto, y acababa en un escote enorme, mostrando un sostén una o dos tallas menor que el que debía: aquellas tetas parecían querer salirse.
Vestía una bata de estar por casa, ligeramente transparente, a través de la cual se apreciaba la cintura, estrecha, y se vislumbraban unas braguitas más bien pequeñas. Las piernas eran torneadas, al igual que los brazos. Y calzaba unas zapatillas rosas, del mismo color que la bata.
Se dio cuenta de que Paco había estado haciendo lo mismo.
—¿Qué os parezco? —preguntó Marisa—. ¿Podéis quedaros un rato para que yo pueda probar esos pepperoni que ya noto en vuestros pantalones?
Era evidente que la excitación de David le estaba pasando factura. No quiso mirar, pero sospechaba que lo mismo le sucedía a Paco.
—Disculpe, Marisa, pero debo avisar a la empresa —observó David, echando mano de su teléfono.
Paco no tenía ese problema. En su empresa eran varios repartidores y si uno se retrasaba, habría otros para llevar los pedidos.
Pero en PizzaRapid sólo estaba David para los repartos.
Mientras la mujer abría la bragueta de Paco, David se daba toda la prisa que podía en marcar. Los nervios le jugaron una mala pasada y marcó un número erróneo.
Observando lo que hacían los otros dos, consiguió al fin comunicar con su empresa. Dio una justificación a su retraso «una cola de mil demonios y varios guardias, así que no puedo saltármela», y optó por ignorar los insultos y blasfemias de Gino, el encargado de atender al teléfono. Tal vez él tuviera que usar su moto para hacer los repartos, dejando a Julio, el cocinero, a cargo del teléfono. Una mala solución, sin duda.
Pero ver cómo Marisa se introducía en la boca una y otra vez el miembro de Paco le hizo olvidar todos sus problemas laborales. Buscando recuperar el tiempo perdido, se bajó los pantalones y los gayumbos. Ofreció su verga palpitante a Marisa, quien la tomó en sus manos.
Poco después, los tres estaban desnudos y en el sillón más grande del salón. Marisa se puso a cuatro patas, mientras David la penetraba por detrás y Paco por delante.
De pronto, la mujer se soltó, dejándolos a los dos a medias. Fue a la nevera y vino con un tarro de margarina.
—Tengo ganas de hacer algo que vi una vez en «El último tango en Paris» —dijo, a modo de explicación.
David no entendió nada. Aquella película no le era conocida.
Marisa humedeció el órgano de David y luego lo untó con margarina.
—Ponte aquí —le dijo, haciéndole acostarse boca arriba en el sofá.
Ella contempló el mástil erecto.
—Perfecto —dijo, y se lo insertó en su ano. Le costó un poco, y no pudo disimular un gesto de dolor.
—Ahora tú, Paco —añadió, ofreciendo su húmeda vagina al otro.
Paco no esperó un instante para penetrarla.
Marisa gemía de placer. Y David también. Nunca había sentido tanto gozo.
Paco también disfrutaba, y gritó sin control.
Los tres gritaron a la vez, y David sintió cómo se derramaba en el interior de la mujer.
Paco tardó unos segundos en hacer lo propio. Agotado, se dejó caer sobre Marisa, quien a su vez reposaba sobre David.
—Sándwich de pepperoni —exclamó la mujer, entre jadeos.
Poco después, los tres recogían las prendas de vestir, tiradas por el suelo. Los dos jóvenes tomaban sus bolsas de reparto, casi idénticas.
David recibió el billete verde, y para Paco fueron los dos de cincuenta.
—¿Y las pizzas, Marisa? —preguntó David antes de salir por la puerta, detrás de Paco. Ambas permanecían en sus cajas de cartón, y seguro que ninguna estaba ya caliente.

—Me encantan frías. Podéis iros tranquilos —les despidió.

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