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4/9/15

Relato "En la calla están ELLOS", de Miguel Angel de Rus

Siento pánico de salir. En la calle están ELLOS. Intento no escucharles, pero oigo sus opiniones, sus argumentos, lo que piensan de la vida; veo sus rostros abotargados por el alcohol, el aburrimiento o la estupidez, la posición de sus cuerpos y sus movimientos, toscos, brutales, como de humanos primitivos, lejanos en el tiempo; sus carcajadas ante los mismos chistes que rieron sus tatarabuelos, sus ropas intencionadamente feas, sucias, como si pretendieran competir en una pasarela de vagabundos, de bestias mal disfrazadas de humanos. Siento terror apenas disimulado ante esos padres que decidieron dar la vida a un ser deforme e incapaz antes que buscar una nueva oportunidad para engendrar un hijo bello, sano, normal, con posibilidades de vivir una vida plena. Se me aprecia sin esfuerzo el rechazo que me producen esas pieles tatuadas, como de integrantes de tribus primitivas, incultas y condenadas a la nada, con letras o dibujos sobre la pieles que envejecen, cuyos verdaderos significados desconocen, y sus caras de sana y alegre animalidad, desprovista de cualquier idea, sin el más mínimo atisbo de compresión de qué puede ser la trascendencia. Busco en sus ojos –a mi pesar- un destello de inteligencia, de comprensión, de alma humana, y encuentro miradas vacías, innobles, con menos destello de inteligencia que los ojos de los perros o los gatos, que siempre parecen tener esa mirada de comprensión, incluso a veces de desprecio.
Los lugares públicos me aterran, con las conversaciones repetidas y multiplicadas por miles sobre vaguedades y cosas de la vida, con los ojos de los replicantes perdidos en los escaparates, con esa falsa humanidad que no es sino una caricatura grosera y pobre de la verdadera, a la que sólo se accede mediante la comprensión, con esa mentirosa y tétrica careta de auténticos seres humanos que aterra por cuanto tiene de intento fallido.
Apenas me deleito con la visión fugaz y deslumbrante de la belleza de una muchacha, de sus ojos, de su sonrisa, de su alma aún no desgastada, o de un chico que aspira a ser el macho de la manada y tantea sus fuerzas con el entorno, veo la decaída presencia de quienes podrían ser sus padres, hundidos, convertidos en feos mamíferos a fuerza de perder día a día, intencionadamente, el brillo de sus rostros, de sus ojos, de sus almas; destinados por ellos mismos a no ser más que elementos intercambiables del rebaño anodino. A veces me pregunto dónde quedó la arrogancia de sus adolescencias, dónde el desparpajo de aquel momento en que se enamoraron para siempre antes de comprender que habían emprendido el camino del fracaso y que ya no eran capaces de reconducir sus vidas, en la pendiente de la miseria.
Paseo por las calles de mi infancia y todo es desolación; desaparecieron las antiguas tiendas en que los propietarios se afanaban por sobresalir de lo cotidiano, los talleres en los que el trabajo manual era digno, forjador de hombres humildes, pero hombres, los billares en los que formamos nuestras almas y creímos poder cambiar el mundo, o donde –al menos- mostramos esa aspiración, en grupos de machos jóvenes y exultantes, bellos, salvajes, destinados al todo, a la gloria, a los grandes actos, a la vida literaria o artística, y a la desilusión –sin saberlo-.
Recuerdo lo mejor de mi alma: el amor por la belleza, por lo sublime, por lo inalcanzable; una frase que descubrí en mi infancia y que me influyó para siempre: “vive como si fueras a morir mañana, construye como si fueras a vivir eternamente” se convirtió en guía de mi vida y en decepción ante mis fuerzas y las carencias de mi alma diluida entre mil impulsos. El ideal de la belleza era lo mejor de mi alma, por eso mi mala cabeza siempre deseó sólo lo inalcanzable, lo que algunos –tirando por lo bajo- hubieran definido como una unión mística, combatir hasta el último aliento incluso sin esperanza de victoria, sólo por la belleza del fragor del combate, crear de la nada algo distinto de la realidad gris y desapacible. Me pides que te cuente lo mejor de mi alma, y me desnudo para explicarte que por ello me rodeé de cuadros, de libros, de música, de terrazas al cielo, lejanas de la calle, de plantas y árboles siempre llenos de vida, y que dediqué cuanto tiempo pude a hablar con mis amigos muertos, que desde el papel y desde los años pasados, a veces los siglos, decían para mí las mejores palabras que sus cerebros supieron crear. Y si tuve una patria, o creí tenerla, fue la suya. Me pides que te hable de lo mejor de mi alma, y al recapacitar comprendo que sólo puedo amar las almas bellas, las mujeres bellas, los libros inteligentes, los edificios con estilo eterno, el teatro del que sales con lágrimas en los ojos o una sonrisa imborrable, la música de Mozart, que soy el enamorado de la ideal Hadaly y que sé que el barco que la lleva va irremediablemente a naufragar, porque he leído demasiadas veces esa historia y creo haberla entendido. Me instas a que aflore lo mejor de mi alma, y para hacerlo debo hundir la mano en el cieno de las fealdades, de las mediocridades, de mis terrores, de mis nauseas, de mis debilidades, y al sacar lo bello desde lo más profundo lo contemplo manchado de cieno y de insatisfacción. Y al explicarte cuanto me has pedido conocer, comprendo que quizá no haya nacido digno de ese ideal que ha marcado mi vida, pero que al pasar todo el tiempo en la busca, me ha dado sentido. Y si no encuentro el alma gemela con quien compartirlo todo, completamente, por la eternidad tan breve que nos ha sido dada, poco a poco he comprendido que seré yo mismo quién ansíe poner fin a unos días que tuvieron sentido con tan bellos ideales, y lo perdieron en el fracaso del logro.

Extraído del libro Extraña noche en Linares 


29/7/15

RELATO: El final de la liga, de Miguel Angel de Rus

La tensión acumulada durante toda  la tarde del domingo sobrepasó los límites soportables, y las masas de gente salieron hacia la plaza de Cibeles tocando el claxon de sus coches, lanzando potentes petardos y coreando el nombre de su ídolo, Valle Inclán. La transmisión televisiva por la cadena privada de mayor audiencia y por las principales radios españolas de la lectura dramatizada de la Sonata de Otoño había sido un éxito, y todos los hinchas de Valle Inclán, tras el clamoroso final de la interpretación, se lanzaron a la calle a mostrar su explosiva alegría.
Cientos primero; miles, después, llegaron a Cibeles; los más osados se lanzaron al agua de la fuente de la diosa, pero sólo uno, el más atrevido, fue capaz de subirse a la escultura y ponerle a la diosa griega al cuello una bufanda con los colores de su club, rojos y negros, el de los seguidores de don Ramón del Valle Inclán.
            Los hinchas coreaban cánticos rituales y recitaban poesías alusivas a la grandeza de su héroe. Allí estaban las principales cadenas nacionales y regionales de televisión con sus unidades móviles, preparadas para informar del glorioso momento, con el que abrieron los informativos de la noche, en los que un tipo repeinado y canoso, de traje azul y corbata amarilla, anunciaba con sonrisa triunfal el dichoso advenimiento de la fiesta literaria. Era la fiesta de las letras, a la que, en el momento de iniciarse la conexión, habían acudido más de doscientos mil madrileños y forasteros de toda la patria dispuestos a no perderse la fiesta anunciada.
            En esos mismo momentos, en la Plaza de Neptuno se reunían decenas de miles de ultras seguidores de Joyce, que celebraban la fiesta de las veinticuatro horas del Ulises, motivo por el cual se había cortado durante todo el fin de semana el tráfico de la principal avenida madrileña y docenas de autobuses esperaban en medio de la calle a que sus ocupantes acabaran la fiesta para volver a sus ciudades de provincias. Gargantas mayoritariamente juveniles coreaban “Ulises, Ulises, Ulises” y mostraban orgullosos al cielo madrileño las bufandas de su club, amarillas y marrones, con la silueta de Irlanda dibujada en el medio.
            En las aceras, grupos de muchachos con las caras pintadas de amarillo y marrón y la silueta de Irlanda dibujada en la frente, se agolpaban ante los puestos donde se servía vino blanco como orines de archiduquesa, cerveza fría y casquería en salsa. Todo bajo la mirada satisfecha de la delegación dublinesa.
            Una orquesta de cámara había improvisado su escenario en los jardines de un banco, y por los inmensos altavoces sonaban las más destacadas obras de la música clásica, las cuales llenaban el aire primaveral madrileño de un aroma de ilusión sublime y grandeza de espíritu. Aunque sólo estaban las cámaras de una de las televisiones locales y algunos reporteros radiofónicos no importaba que no se pudieran enviar más imágenes al mundo, los principales corresponsales de los medios escritos más prestigiosos del mundo tomaban notas sobre el acto para informar al planeta del glorioso acontecimiento. Todos los países de cultura esperaban el final de la liga literaria española, en el que cada club ofrecía lo mejor de sí, y el club del dublinés era especialmente seguido por la prensa internacional.
            Y Proust… Proust tenía su club, más modesto, en el barrio obrero de Vallecas. Era el club con menos asociados de la capital de España, pero el más elitista espiritualmente. Eran consideradas tradicionales en todo el sur de Europa las fiestas que se hacían frente a la Asamblea de Madrid y el Centro Comercial, alrededor de la fuente. Durante el fin de semana de cierre de la liga manaba agua con los colores del club, azules y dorados; los principales intelectuales independientes del país –los que no comían del pesebre de ninguna facción política-, acudían a leer fragmentos de la obra del autor francés; en una de las paredes de la Asamblea se proyectaban fotos del genio, y al mediodía y la media noche, durante un minuto, la imagen de su tumba, negra, en mármol, en el cementerio de Père Lachaise. Decenas de jóvenes aspirantes a la gloria literaria acudían vestidos como si fueran dandis de finales del S.XIX o comienzos del siglo XX, y las muchachas de las mejores familias procuraban no perderse la fiesta, para así conocer –en aquel ambiente sublime- a los que podrían ser futuros padres de sus hijos. Todos los años acudían, de forma gratuita, generosa, desinteresada, los principales tenores y las más importantes orquestas a coronar su carrera actuando en tan magna fiesta. En esta ocasión eran Yoyo-Ma y Bobby McFerrin quienes actuaban y llenaban las calles vallecanas con el sonido portentoso de la voz y del violonchelo interpretando el Andante del Concierto en Re Menor para dos mandolinas de Vivaldi. Los periódicos literarios y musicales del planeta habían enviado a sus mejores profesionales para informar y la prensa especializada en moda tomaba fotos y apuntes sobre el modo de vestir de los oficiantes, que, sin duda, sentaría cátedra durante los doces meses siguientes.
Los traductores de Proust celebraban su congreso anual, animados por el mejor armagnac, y no había niño que no pidiera un autógrafo a su traductor favorito. Una muchacha morena, esbelta, de poco más de quince años, sufrió un ataque de histeria al recibir la firma en su camiseta del más prestigioso de los traductores. Todo el mundo comprendió que no era para menos. De vez en cuando algún adolescente atrevido osaba pedir a uno de aquellos grandes hombres hacerse una foto que, sin duda, sería rápidamente ampliada y puesta en la pared de su habitación.
            Era el gran día de fiesta nacional, sólo había un pequeño grupúsculo que no celebraba los grandes acontecimientos literarios; una secta minoritaria, a la que nunca se prestaba atención en los medios de comunicación, y cuando se hacía era casi por obligación, de forma folclórica: los aficionados al fútbol. El Real Madrid acababa de ganar su trigésimo primera liga y sus pocos cientos de hinchas se habían repartido por una docena de cafés para celebrar –casi en la clandestinidad- su éxito. Parecía como si hicieran algo delictivo cuando coreaban bajito su frases rituales, “alirón, alirón”, “a por ellos, oé, a por ellos, oé”, “Raúl, selección” un grito que nunca se dignaban en reproducir los malditos medios de comunicación, siempre pendientes de los gustos mayoritarios, de la literatura, el teatro, la música clásica, la escultura y la arquitectura.
            –Si fuéramos más, nos harían caso, pero, ya se sabe, los medios sólo se preocupan de los libros y el arte, los gustos de la mayoría, de lo selecto.  –Se lamentaba un joven airado, apoyado en la barra del bar.
            –No hay respeto para las minorías –respondía un anciano que había dedicado cincuenta años de su vida a destrozarse la garganta coreando el nombre de su club, mientras devoraba en el rancio bar un plato de callos en salsa, acompañado de un buen vino manchego.
            De madrugada, los servicios de limpieza trabajaron denodadamente para recoger algunas partituras caídas en la Castellana, dos libros desencuadernados que se encontraban a los pies de la Cibeles y media docena de folletos en danés y noruego que habían quedado bajo la parada del autobús, en Vallecas. Los buenos hombres de chaleco reflectante siempre se quejaban de aquellas multitudes cultas.
            –Si todos los aficionados fueran como los del fútbol, otro gallo nos cantara. Esos sí que no manchan, tranquilitos, en sus cafés.
            Las furgonetas comenzaban a llevar a los puestos de prensa los diarios, en cuyas portadas las fotos de los homenajes a Proust, Joyce y Valle Inclán ocupaban el lugar principal, según la escuela literaria de la que fuera partidaria cada medio. 

RELATO EXTRAÍDO DEL LIBRO
Extraña noche en Linares, M.A.R. Editor http://www.mareditor.com/narrativa/LinaresRUS.html 
También puede leerlo en el Periódico Irreverentes http://periodicoirreverentes.org/2012/08/16/el-final-de-la-liga/
Y en http://www.miguelangelderus.com/2015/07/relato-el-final-de-la-liga.html 

24/2/15

Relato "Porque tú eres bueno", de Miguel Angel de Rus

Relato aparecido en el Libro Extraña noche en Linares (M.A.R. Editor)

Mi padre tenía nueve años cuando comenzó la guerra. Qué guerra da igual. Su padre estaba en el frente, sus hermanos mayores estaban en el frente, y él, el hermano pequeño, el macho pequeño de la manada, era el encargado de buscar allí donde caían las bombas del enemigo, en las huertas abandonadas, la comida de la familia. Una lechuga, coles, patatas, un melón. No era muy difícil, se trataba de ser ágil de cuerpo y de mente; todo lo más, podían matarle. Decía una representante de la causa, mientras mi padre, niño, se jugaba la vida ante los obuses del enemigo, bendecidos por el Santo Padre católico, que es preciso que se acentúe la moral del sacrificio y el sentido de responsabilidad individual y colectiva. La moral ha de llevarnos a aceptar todas las penalidades, el racionamiento, la honradez y la austeridad, y todos nos hemos de sentir soldados de una gran causa. Y mi padre dejó de estudiar, como todos los niños, para buscar la comida que las buenas palabras de los líderes de la causa no traían. Cuando acabó la guerra, los hermanos mayores de mi padre fueron a campos de concentración, su padre fue represaliado; cuando pudieron, los hermanos fueron al exilio o a la emigración, qué más da. Al perdedor sólo le queda la diáspora o la sumisión. Y con doce años tuvo que ser el macho joven de la manada, quien buscara la comida para la manada, como si la naturaleza hubiera perdido el sentido entre los humanos.
–Cuando vayas a llegar a la estación, quinientos metros antes, acuérdate de lanzar con cuidado el aceite por la puerta del tren y te tiras tú. Lo recoges, y vienes a pie. ¿Entendido? Y que no le pase nada al aceite.
–Sí, madre.
Cómo no entenderlo. Si el policía esperaba con el arma en la estación de ferrocarril para incautarse del aceite, como si el Estado hubiera regado y abonado el olivo, como si tuviera derecho a legislar y dosificar el hambre.
Mi padre había aprendido de niño que la infancia era el período del aprendizaje, por lo que le pusieron a trabajar, con la familia repartida por Francia, Australia, Brasil, Argentina o Uruguay. Se levantaba antes que el sol, trabajaba, ayudaba en casa, y se acostaba después del sol. Año tras año. El día en que tenía una naranja era la fiesta grande del año.
–Que la vida es un valle de lágrimas, hijo.
–Sí, madre, Pero yo todo lo hago con gusto por usted.
Cada amanecer era gris, cada mediodía era gris, cada anochecer era gris. Los rostros eran tan grises como las almas. Se rezaba en los colegios, en los trabajos, en la iglesia, se fusilaba al amanecer, o se dejaba morir en las cárceles. Y mi padre, tan niño, trabajaba. Mientras los hijos de los señoritos estrenaban traje e iban al teatro, él trabajaba; mientras el hijo del rey huido tenía casa en el exilio dorado, junto a la playa, esperando que le tirasen al plato sus tajadas, él trabajaba. Tenía razones y la Ley Natural de su parte para cortarles el cuello a todos, a cualquiera, pero trabajaba.
Y llevó un luto tras otro, porque aquella era época de muertos. Por el padre, por la madre, por su juventud perdida.
Y trabajó toda su vida, sin parar. Para darnos una casa, para conseguirme una educación, para que tuviéramos las buenas ropas que los bandos en conflicto no se habían preocupado en procurarnos. Era el primero en salid del edificio y el último en volver.
Por la noche, si me levantaba, lo encontraba estudiando en el salón, recuperando lo que la guerra el había quitado. Siempre esfuerzo sobre esfuerzo. Hasta que un día, poco antes de cumplir yo los doce años, mi padre no vino a casa. Estuvo conmigo mi abuela.
–Tu madre está con tu padre en el hospital. No te habían dicho nada, pero tiene una enfermedad por lo que sólo queda rezar. Vamos a poner velas para que Dios nos vea y nos asistan los espíritus –dijo la mujeruca de negro y moño blanco, con sus creencias ancestrales y ágrafas– y vamos a rezarle a la imagen del Santo Niño del Remedio. Y a este Cristo que tus padres tienen sobre la cama. Y aquí tengo una estampita de la Virgen, que toda ayuda divina es poca.
Pasamos la noche rezando ante una fotografía de una talla que, cuando fui adulto lo descubrí, ni siquiera era la original. En el siglo XVIII le habían cortado la cabeza al niño para meterle ojos de cristal, le habían puesto pestañas postizas, se le había reconstruido el pie derecho, que había desaparecido ante tanto beso recibido de los devotos… Pero yo no tenía ni doce años, sólo sabía que quería a mi padre y si al rezar por él se salvaba, rezaría.
Recé aquella noche, sin dormir; no comí durante el día siguiente, y la nueva noche la pasé rezando enfrente del Cristo de madera, de la foto del Santo Niño del Remedio de cara triste, de la Virgen. Al amanecer, una llamada, me sobresaltó; cogió el teléfono mi abuela, por su gesto comprendí lo que había sucedido y comencé a llorar. Mientras ella hablaba, me acerqué al salón y cogí las imágenes y la talla. Fui a la cocina y con un cuchillo atravesé la cara y el cuerpo del maldito niño del remedio una docena de veces. Hice lo mismo con la imagen de la Virgen. Con toda mi fuerza infantil, puse un pie en el cuerpo del Cristo y con el otro golpeé en la cabeza hasta separarla. Cuando lo conseguí introduje os recortes de papel y la madera en unas páginas de periódico, lo impregné de alcohol de cocinar, del que aún se usaba en casa, y con unas cerillas hice la primera fogata de mi vida. Mi abuela llegó gritando y al verlo todo me señaló con el dedo y me dijo “eres un hereje, por tu culpa ha muerto tu padre, es un castigo divino”.
La bofetada la sentó en el suelo. Había muerto mi padre y aquella mujeruca quería que creyera en su dios, en sus santos de palo. Quedó con un gesto vacío, de ojos desencajados. Lo normal en ella.
Fui a la habitación de mis padres, abrí el armario y allí estaban sus trajes, sus corbatas, sus camisas. Lloraba como nunca lo había hecho. Me introduje entre aquella ropa, para sentir su olor, su compañía, su contacto, cerré los ojos y lloré de forma compulsiva. Apenas se podía respirar, pero me era indiferente.
Supongo, no lo recuerdo ya, que fui castigado severamente por aquella bofetada. Nada de los días posteriores ha quedado en mí, sólo una intensa sensación de frío, como si mi cuerpo tampoco tuviera vida. Recuerdo que mi madre compró una réplica del maldito niño del remedio inexistente y la puso en su habitación. Un día acabó en el patio interior del edificio, tres pisos más abajo. Destrozada.
A veces la escuchaba rezar con la fe del inculto. “remedia todos mis males, atiende mis peticiones, consuela todas mis penas…”
Un día fui a aquel cochambroso oratorio para la manada de la fe escondido en una callejuela. Había cartas en las que lunáticos afirmaban que el niño de los ojos de cristal les había curado el cáncer; otros dejaban piezas metálicas que pretendían ser reflejo de las partes que el niño de las pestañas les había curado. Había muñecos, pelo de pacientes de tan docto niño médico… En la puerta, un ciego vendía lotería, “que trae la suerte el Santo Niño del Remedio, oiga, que trae la suerte”. Una anciana, gibosa y de gesto contrito le daba las gracias por los milagros recibidos. Había quien pedía besarle la botita de plata que había en lugar del desaparecido pie. En aquel momento mi cerebro tuvo una iluminación y supe lo que tenía que hacer. Me arrodille histriónicamente en el suelo mugroso, en mitad de la chabola y comencé a gritar, con los brazos en alto y gesto descompuesto.
-Santísimo Niño del Remedio, yo estaba paralítico y me devolviste la fuerza en las piernas. Como si mis piernas fueran un nuevo Lázaro y tú Jesucristo, me miraste con tus ojos bondadosos y me dijiste, “levántate y anda”, y anduve. Y no sólo lograste ese milagro, también que volviera mi mujer. Tú eres la verdad.
Las viejas que pululaban por aquel antro acudieron a tocarme, como si pudieran contagiarse de mi gracia. Alguna gritó “aleluya”. Lloraban aquellos iletrados como si hubieran visto la única luz. El ciego se acercó a mí y me pasó los números de lotería por la espalda.
-Hermano, vas a bendecir estos números con tu fe. Vas a traer la fortuna con tu fe.
La gente se los compró todos en un momento. Ya que parecían haberme olvidado, me fui. Al día siguiente escuché en la radio a un docto opinador hablar del milagro acaecido en el oratorio. Habían recogido voces de la gente que juraba que yo había llegado arrastrándome y que debido a un milagro recobré la fuerza en mis piernas. Juraban que yo tenía un aura de Santidad, una luz, una energía que recorría todo mi cuerpo. Incluso una mujeruca afirmaba que me había visto levitar sobre el suelo.

-Entonces compré esa botella de armagnac, el tabaco y vine a verte a la tumba, padre. Quería contarte que el mundo sigue igual de idiota, y que algún día, pronto, nos veremos. Como ha hace calor, esta noche me quedaré a dormir sobre tu lápida, supongo que borracho, pero seguro que a ti eso no te importa. Porque tú eres bueno; no como todo ellos.
Relato íntegro en la web de Ediciones Irreverentes
http://www.edicionesirreverentes.com/relatos/7deRUS.htm