Pregunta.- Términos
como “sangre” y “caza” figuran en el título de su libro. Pero, ¿qué es lo que
vamos a leer en él?
R.- El título ha quedado constituido como una declaración de principios. Señala
la autenticidad que busco. No concibo la literatura como un juego estético de
malabares ni como una muestra de sabiduría escapista en un mundo acelerado. Lo
que ocurre en el alma debe plasmarse en el papel a través de la tinta, que es
nuestra sangre, sin espacio para la mentira ni para la simulación. El hecho de
que el libro invoque para sí la figura de un dietario, sin serlo
escrupulosamente, abunda más en la idea de una literatura personal, inmediata y
auténtica, no impostada ni simulada y a la vez lejos de autoficción y de los
géneros habituales. En definitiva, en el libro hablo espontáneamente de lo que
encontramos en la vida, a lo largo del camino de nuestro existir.
P.- Hay una profusión de alusiones
predominantemente clásicas a la tradición mitológica, a la Historia, y a la
Literatura Universal que hacen pensar que el texto es todo menos espontáneo.
R.- Resulta evidente que hay una elaboración. Prefiero la prosa elaborada,
cuidada. La espontaneidad es el primer impulso, después viene la corrección, la
mejora. Y sobre todo la brevedad, la concisión. Cada escritor o escritora tiene
su modo de expresarse y eso es legítimo, no seré yo quien lo juzgue o lo
condene. Pero la prosa descuidada (como si por ser más ruda fuera más sincera)
no es de mi gusto. Hay que amar el idioma con el que uno escribe, cuidarlo,
respetarlo. Espontaneidad no es negligencia. Prefiero una cierta orfebrería de
las palabras, por supuesto sencilla, alejada de la pedantería; incluso mejor cuanto
más sencilla para plantear todo tipo de cuestiones.
P.- ¿Qué otro tipo de
cuestiones son esas?
R.- En primer lugar reflexiono sobre la civilización, sobre sus logros
materiales pero también sobre el precio pagado por ellos. El tono es
eminentemente ensayístico, eso es cierto, pero es un ensayo que deriva
fácilmente (y muy deliberadamente) a la narración, al relato minimalista, a la
fábula y al aforismo. Y a partir de ahí la temática se vuelve más imprevisible,
inesperada, aparentemente fragmentaria.
P.- En su libro hay relatos metafóricos
que cuestionan el sentido de todo lo que vivimos, la veracidad del discurso.
R.- Cierto. Se alude la existencia en una vorágine desprovista del sentido
aparente que hemos dado a las cosas, en la que subyace algo que aún no hemos
descubierto que pero que siempre ha estado ahí.
P.- ¿Es usted un
defensor del mundo clásico?
R.- Defensor es un término militante que no estoy seguro de aceptar con el
sentido que hoy día parece que lo entendemos. Por supuesto que la cultura debe
ser defendida, pero no era esa mi primerísima intención. Digamos que, por mi
parte, las alusiones al mundo clásico, pero también a la cultura del Lejano
Oriente o del mundo árabe, no pretenden más que señalar una puerta de entrada a
preocupaciones mayores. En mi libro se dialoga con la tradición, pero no se la
divulga ni se la explica. Ese camino no me interesa, ni tampoco exijo que el
lector sea una persona académica o de conocimientos académicos. Simplemente empleo
la tradición cultural igual que empleo el aforismo y la fábula. Pretendo
sembrar dudas sobre la escala de valores contemporánea, mostrar cómo los sueños
de pureza de hoy, por bienintencionados que sean, son las pesadillas del
mañana; defiendo la idea de que el ser humano no ha avanzado nada en lo
esencial y sigue siendo el siervo de sus ilusiones, el esclavo de sus miedos.
Construimos grandes monumentos conceptuales, sistemas complejos y alambicados
de imágenes y palabras para acabar soñando los mismos sueños milenarios. Esa es
la razón de los mitos clásicos que empleo, a la misma altura que otras
tradiciones no clásicas, incluso elementos oníricos, y hasta de los elementos
cotidianos del mundo popular que no pertenecen al canon culto, y por supuesto también
aforismos o sugerencias inesperadas provocadas por simples palabras.
P.- ¿Se ha instalado
usted en un cómodo pesimismo cultural?
R.- No me cabe duda de que podría parecerlo. El juicio contra la civilización,
los discursos dominantes, la ética de la competitividad y las innegables
menciones a las crisis de nuestro tiempo podrían avalar esa hipótesis. Pero
probablemente sería una hipótesis falsa. No soy un pesimista. Optimismo y
pesimismo son dos caminos sin salida. Sí profeso una esperanza muy clara a lo
largo de todo el libro, y que además es coherente con mi producción anterior.
Dicha esperanza es el regreso, el regreso a la palabra, a una palabra que no
esté corrompida. El retorno a lo auténtico, a la contemplación respetuosa y
meditada de nuestro entorno, incluso de nuestras propias ruinas, aquellas que
acabamos de generar nosotros mismos. Y por supuesto, la veracidad en nuestra forma
de relacionarnos, en mi caso la veracidad en la escritura, la sangre disuelta
en la tinta, y un espíritu de “buscador” de “rastreador”, a la caza en una
selva de imágenes, símbolos y palabras.
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